domingo, noviembre 15, 2009

UTOPÍA NEGRA, nuevo libro de Carlos García Miranda

Fondo Editorial de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos acaba de editar UTOPÍA NEGRA, un estudio sobre la obra narrativa de Antonio Gálvez Ronceros, escrito por Carlos García Miranda, docente de la decana.



Carlos García Miranda (Lima, 1968). Ha publicado el libro de relatos Cuarto Desnudo (Primer Premio en los Juegos Florales Universitarios, en Perú), y la novela Las Puertas (Finalista en el Premio Nacional de Novela Federico Villarreal, en Perú). Es Magíster en Filología Hispánica por el Instituto de Lengua Española (Consejo de Investigaciones Científicas), en Madrid, España, becado por la Fundación Carolina; Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), de Lima; y actualmente es candidato a doctor por la Universidad de Salamanca, institución donde realizó estudios de doctorado gracias a una beca por convenio institucional entre la UNMSM y la Fundación Carolina. Además ha participado en congresos literarios celebrados en Perú, Chile, Bolivia y España, y ha publicado artículos especializados en diferentes revistas. Es docente universitario en la UNMSM, Lima, Perú.

jueves, julio 16, 2009

MUJER EN LA VENTANA




UNA MUJER SENTADA AL BORDE DE LA CAMA mirando largamente hacia la ventana. Esa soy yo. Una mujer que mira un cielo atravesado por cortinas blancas. Un cielo de madrugada y sin estrellas. Un cielo indefinido. Veo cómo la poca luz que atraviesa la ventana cae sobre mis muslos y pechos desnudos. Tras de mí, siento la respiración de mi marido. Ha llegado tarde y cansado a casa. Le sonreí y le serví la comida. Intercambiamos unas palabras, luego unos besos y caricias. Después, en la penumbra, esa cosa rara hormigueando en mi vientre. Esa cosa que roe mis tripas y me hace sentir vacía. Estoy ahí tendida al lado de un hombre al cual ya no reconozco. Sé cómo se llama, dónde trabaja, quién es su madre, toda su puta historia de vida. Pero me sigue pareciendo un extraño. Sin embargo, estoy aquí, con él. Lavo su ropa, respondo a sus gemidos, digo a todos que lo amo, le hago sentir que lo amo, también lo digo en las reuniones de amigos y familiares. Y en las noches, como ahora, mientras veo hacia la ventana, se convierte sólo en una frase, una frase sin brillo, muerta. ¿Qué me está pasando? ¿Acaso soy una especie de reptil que está mudando de piel? ¿Acaso no soy lo que digo que soy?... A veces pienso que soy otra. En mi interior soy otra. Otra que mira el mundo desde un pozo negro y hediondo. Otra que no dice “mi amor”, sino “miserable, maldito cabrón, lárgate de mi vida”. Tampoco “hola mami”, ni a mi hermana “que lindo tu brassier”, sino vieja estúpida, por qué hiciste que mi padre nos dejara, seguro porque eres pésima en la cama, no sabes hacer que te cachen, no sabes lo que es lamerle los huevos a tu hombre, maldita frígida, gorda imbécil. Y a mi hermana, sí cojuda, arrecha de mierda, ponte esos jeans apretaditos, calienta los huevos del primero que se te planta enfrente. Fríelos. Hazlo tortilla. Luego te los comes en un hotel de tres o cuatro estrellas. Haz que te dé por el culo. Y luego bótalos como a basura. Invéntales una historia, que te gusta ser independiente, que tu madre te dijo, que seamos amigos. Todo eso quiere decir la otra, la otra-yo. Pero no la dejo. La encierro con los botones de mi blusa. Ella grita, es la que de pronto suelta la cuchara, tira al piso un plato, dice una frase incorrecta o pide que mi marido le diga palabras sucias. “Dame un beso negro, papito, bésame el culo, muéstrame tu pinga, dame tu leche, papito”, y después entro y lo apago todo: “Déjeme descansar amor, tengo sueño, me duele mucho, tenme paciencia, amor”. ¿Qué puedo hacer?



¿CUÁNDO COMENZÓ ESTO? CIERRO LO OJOS. Abro la boca. Aspiro. Y trato de recordar. Veo nubes púrpuras. Grandes edificios. Autos, muchos autos. Boletos de microbús. Escenarios. Cafés. Innumerables cafés. También cuartos de hotel y parques, casi siempre solitarios y pelados. Pero no logro verlo a él. Tampoco me veo yo. Insisto. Cierro más lo ojos. Me tapo la boca con los dedos. Nada. Finalmente, todo se expande y desaparece, como si fuera de humo. Tal vez empiece hoy. Sí, esta misma noche en que no puedo dormir ni dejar de ver por la ventana. Hoy en que fui una vez más la esposa correcta. Incluso en el trabajo una compañera, a la hora del almuerzo, me puso de ejemplo. Yo sonreí. Y estuve agradecida. Pero luego, ya de regreso a casa, comenzó esta suerte de debilitamiento. Esta cosa rara que me oprime el pecho y me hace sentir como encerrada en mí. ¿Yo la esposa perfecta? ¡La esposa perfecta!.. Tiemblo de sólo pensar que me he convertido en eso. Tiemblo del labio superior al inferior. Es un temblor casi orgásmico, muy similar al que sentí cuando conocí a mi marido -¡marido! No recuerdo con exactitud los eventos, pero sé que fue una noche sin luna, ni viento ni nada. Iba con él a algún lado. Podría ser a su casa como a la mía. Sentía que ambas posibilidades eran irrelevantes. Lo importante era que caminábamos juntos hacia algún lado. Caminábamos casi sin mirarnos. Pero de rato en rato él rozaba mis manos con las suyas. Las rozaba. Y creo que fue producto de ese rozamiento que fue apareciendo ese raro temblor. Un temblor que comenzaba en las rodillas e iba subiendo hasta mis labios. No hubo besos ni abrazos esa noche. Recién ocurrió en la cuarta cita, como debía ser –según mi madre. Sólo quedó la resonancia estomacal de aquel temblor. Un largo temblor que sólo fue apaciguado un mes después, cuando lo tuve entre mis piernas, sudoroso y agitado, y loco por mi.



MI HISTORIA PUEDE PARECER SIMPLE: una mujer bien criada, con estudios en colegio de monjas y un titulo universitario. Eso quería mi madre, y eso soy ¿Qué soy? Un espejismo. Mi espejismo. Yo nunca quise ser una mujer bien criada. Tampoco nada de lo soy ahora. De joven, recuerdo, miraba desde mi ventana a los muchachos. Eran altos y robustos. Y me gustaban. No solo eso. Se me mojaba el calzón de tanto frotar muslo con muslo mientras los veía con el torso desnudo, bajo el sol. Los deseaba tanto. Y tan íntimamente. Pero la voz de mi madre estaba ahí, en algún lugar de la casa y de mi cuerpo. Y hacía que dejara de frotarme y cerrara las ventanas, los botones de mi blusa y el cierre de mi jean. Así pase veinticinco años de mi vida. ¡Qué vida! Primero fueron las malditas monjas, que me tenían en el colegio hasta las tres o cuatro de la tarde haciendo mil cosas. Luego mis amigas cristianas de la universidad, “protegiéndome” de cualquier muchacho. Y ahora mi marido, que controla mis salidas y entradas, mis sábados y domingos. Y todo se lo debo a mi madre. A lo “bien” que me crió.


DEBEN SER LAS DOS O TRES DE LA MADRUGADA. Y sigo tendida como una muerta en mi cama mirando hacia la ventana. Una muerta que respira, piensa que vive, dice que vive, parece que vive, hace como que vive, pero no vive. Es una muerta metida en un cuerpo que suda, se mueve, habla, hace el amor, da caricias. ¿Siempre fue así? Digo, ¿acaso mi madre, mi abuela, todas las mujeres del mundo pasaron por esto?...


A RATOS PIENSO QUE ESTA SUERTE DE DEBILITAMIENTO comenzó en los supermercados. No es que odiara ir de compras. En realidad me gusta, incluso desde niña, cuando acompañaba a mamá. Pero desde hace unos años es distinto. Mientras camino con mi carrito lleno de comestibles no puedo evitar fijarme en la fila de mujeres de todas las edades haciendo lo mismo. Hay adolescentes, jóvenes, mujeres maduras y ancianas. La mayoría son mujeres maduras. Se nota en sus carnes flojas y su andar cansino. Y aquí viene el debilitamiento. Me veo en ellas. No puedo evitarlo. Las siento como un espejo. Una proyección de mi vida dentro de unos diez o quince años. Eso me mata.


MI MARIDO ME AMA. O cree que me ama. Tal vez necesita creerlo. Así su vida se completa: treinta años, una profesión, una esposa, una casa, una cuenta de banco, amigos, familia, hijos –que aún no tenemos-, y nada más. Lo que sigue es la espera. La feliz espera de la muerte. ¿Pensará así realmente? ¿O tendrá una doble vida? Nunca encontré algo que me haga dudar de su fidelidad. Precisamente, por eso me sorprende la duda. Debería haber hallado algo. Todas mi amigas han encontrado cosas en los bolsillos de las chaquetas y pantalones de sus maridos: facturas de restauran cuyo consumo es de dos, boletos dobles para el cine o el teatro, pañuelos delicados, sobres de condones en la billeteras, y hasta cartas o pequeñas tarjetas con una calle y un número. Pero yo nunca he encontrado nada. Quisiera encontrarlo. Quisiera tener la sensación del engaño. Y llorar, insultar, romper cosas, gritar, largarme de casa por unos días. Luego podría regresar. Podría perdonar. Este matrimonio perfecto, que es sinónimo de monotonía, me está matando. Siento que vivo en una casa donde no corre el aire. Todo está sumido en una quietud espantosa. Y más cuando lo siento entrar a la habitación, desnudarse y meterse en la cama. Anticipo mentalmente sus movimientos. Una mano en mi pierna, otra en mi pecho, y su lengua deslizándose por mi cuello. Debo cerrar los ojos, sonreír y voltearme hacia él. Y lo hago. Antes de sentirlo entre mis pernas, ya lo siento. Entonces gimo, río, hasta grito. Veo su rostro a media luz, deformado, con los mechones de cabello en la cara. No lo reconozco, pero sé que es mi marido. Sé que luego lo tendré al lado derecho de la cama. Sé que me contará lo que hizo en el día. También lo que hará y yo haré al día siguiente –pagar cuentas, comprar cosas, arreglar ventanas, cocinar fréjoles o asado. Finalmente se quedará dormido. Sentiré su respiración. Sus leves ronquidos. Y otra vez me veré como ahora, silenciosa, mirando hacia la ventana.


Finalista en el 4° Certamen Internacional de Relato Breve - 2007, organizado en España por el portal La Lectora Impaciente (www.lalectoraimpaciente.com).

sábado, junio 13, 2009

PRONUNCIAMIENTO



Frente a los hechos ocurridos desde la madrugada del 5 de junio de 2009 en la provincia de Bagua, los docentes universitarios de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, expresamos lo siguiente:

1. Respecto a la Amazonía no solo reina el malentendido, sino también el deliberado desconocimiento por parte de las clases dominantes, criollas y mestizas. No se quiere saber de su población, de su cultura ni de sus formas de vida, como si fueran incomprensibles e ininteligibles: ella siempre ha sido extraña y amenazadora para esas clases. Sin embargo, si bien es cierto que en los últimos tiempos se ha producido un acercamiento y una aceptación, y se ha pensado en políticas de asimilación —etnocéntricas—, lamentablemente con las políticas del APRA se ha retornado de un modo absolutamente cínico a modos de planificación de estirpe colonial, bajo el sustento de un modelo económico que supone que el único sistema concebible y el único mundo posible es el formado alrededor de la economía de mercado.

2. Lo dicho explica la falta de voluntad política, el desinterés y la incompetencia de las autoridades -el Congreso, el Ejecutivo, el presidente de la República, el premier, la ministra del Interior —para resolver el conflicto social que se inició hace más de 55 días, el cual ha llegado a un triste desenlace con la terrible muerte de policías y civiles.

3. Explica también la actitud condenable del presidente Alan García y del gobierno aprista por no asumir autocríticamente su responsabilidad política en estos terribles hechos, y limitarse, por un lado, a culpar de lo ocurrido a una conspiración extranjera que según ellos estaría manipulando a las poblaciones nativas y, por otro, a difundir sistemáticamente una propaganda torpe y encubridora.

4. Por eso nos solidarizamos con los pueblos indígenas de nuestra Amazonía, que desde hace más de un año vienen luchando por la derogatoria de decretos inconstitucionales que atentan contra sus legítimos derechos y que han sido aprobados sin atender al derecho que sus pobladores tienen de ser consultados sobre decisiones que afectan sus vidas, desconociendo convenios internacionales como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas.

5. Hacemos un llamado a la unidad de las fuerzas realmente democráticas para apoyar a los pueblos de la Amazonía y enfrentar a los grupos interesados en tomar posesión de sus territorios.


Lima, 12 de junio de 2009


Santiago López Maguiña (Literatura)
Dante Dávila Morey (Filosofía)
Dorian Espezúa Salmón (Literatura)
Mauro Mamani Macedo (Literatura)
Javier Aldama Pinedo (Filosofía)
Aníbal Campos Rodrigo (Filosofía)
Milagros Carazas Salcedo (Literatura)
María Cortéz Mondragón (Linguística)
Manuel Conde Marcos (Linguística)
Gonzalo Espino Relucé (Literatura)
Camilo Fernández Cozman (Literatura)
Carlos García – Bedoya Maguiña (Literatura)
Carlos García Miranda (Literatura)
Oscar García Zárate (Filosofía)
Antonio González Montes (Literatura)
Guisela González (Literatura)
Miguel Maguiño Veneros (Literatura)
Carlos Mora Zavala (Filosofía)
Javier Morales Mena (Literatura)
Hildebrando Pérez Grande (Literatura)
Miguel Polo Santillán (Filosofía)
Rosalía Quiroz Papa (Bibliotecología)
Humberto Quispe Hernández (Filosofía)
Saúl Rengifo Vela (Filosofía)
Álvaro Revolledo Novoa (Filosofía)
Moisés Sánchez Franco (Literatura)
Marcel Velásquez Castro (Literatura)
Yolanda Westphalen Rodríguez (Literatura)

martes, junio 09, 2009


domingo, junio 07, 2009

HADA




LA LUNA SE CORTABA EN PEDACITOS, como terrones de azúcar. Y yo la veía caer tras los vidrios de la ventana. La veía caer sentado en el último rincón de ese bar maloliente -que olía a orín de gato, excremento de perros, ratas y demás animalejos- mientras esperaba que Hada apareciese en el marco de la puerta marrón. Cada cierto momento volteaba a ver si su larga figura de farol cansino aparecía. Pero siempre eran esos rostros achinados y violentos, con figuras fofas o enclenques que aparecía en la puerta y eran iluminadas por la poca luz del candelabro de metal que colgaba en medio del bar. Podía haberla esperado en la plaza de las palomas muertas o en el puente quebrado a las afueras de la ciudad. Incluso, bajo las torres de color azafrán en la calle Medinacelli. Pero ella me hizo el gesto del bar: hundió su dedo en su boca babosa y sonrió. La vi hacerlo en medio de ese jardín lleno de lirios y amapolas. No sé cómo llegamos hasta ese lugar. Como ocurre en todos mis sueños, las cosas aparecen y desaparecen, y uno está en un momento en medio de la luna o en una calle desierta, y en otro bailando bajo una luz mortecina danzas extrañas, lleno de gestos difíciles de entender. Por ejemplo, desde hace años me atormenta un gesto que vi hacer en una de esas danzas: se trataba de exponer el pecho desnudo, y hundir el dedo mayor en uno de las axilas. Luego el juego con la lengua, la risa y el chillido casi animal. ¿Qué significa? Hada piensa que se trata de la huella de algún registro prohibido. Fíjate en las partes de los cuerpos que se presentan –me dijo-: pecho, dedo, axilas y lengua. Corresponden al nivel superior de cuerpo. Por ello pienso que son registro oficiales prohibidos. Los no-oficiales tienes que ver con la parte inferior del cuerpo: ano, pene, pies, rodillas, abdomen. Esos son los más complicados, pues anticipan viajes a lo más prohibido. Viajes a los lugares donde habitan las cosas más terribles, como la muerte. Por ello Hada me cito en este lugar: el bar. Lugar superior.


MI HISTORIA IMPORTA POCO AHORA. Diré solamente que me gustan los geranios en el instante preciso de su muerte. Cuando sus hojas están renegridas y sus tallos pelados por el smog y el mal tiempo. Geranios marginales del mundo. Lo que vino después ya es menos relevante. Un par de años en casa de mis padres, que fueron los años más inútiles de mi existencia. No puedo explicar ni contar nada de esa época, sólo decir que era como vivir en un cuarto blanco. Luego vino la vida en las calles de la ciudad. Una ciudad llena de callecitas malolientes, puentes quebrados y pequeños jardines con mala hierba. La gente es de lo más rara. Habitan en cubículos de uno o dos metros cuadrados. Ahí pasan la mayor parte del día. Casi al atardecer salen. Y las calles se llenan de figuras pequeñas y rechonchas. También largas, jorobadas y cansinas. Y siempre esa mirada de desazón. Siempre que miran a los ojos preguntan. Son miles de preguntas a la vez. A veces trato de contestar una. Generalmente no doy con la respuesta, aunque insisto, pero me es imposible atravesar esas oscuridades. Un día de esos encontré a Hada en una placita llena de palomas muertas. Ella trataba de juntarlas para luego quemarlas. No pudo porque apareció el guardián de las palomas muertas y tuvimos que salir corriendo. Mientras corríamos y escuchaba su respiración a mi lado, sentí que ambas –mi respiración y la suya- de algún modo se comunicaban. Luego, ya cansados por la huida, nos sentamos en una piedra, junto a un puente. Allí ella me contó trozos de su vida: una muerte, dos muertes con apenas tres años, luego vino lo de los lirios frescos, donde perdió y ganó mucho dinero, y los viajes a diferentes ciudades. Estuvo en la ciudad de las torres y el gran río, en la de las casas de los muertos, la ciudad hormiguero, la ciudad casita de muñecas, y la otra, la que daba al mar, como las ventanas de una antigua casa. En todas comió pescado y chuletas de cerdo. También ensaladas y tomó mucho vino. Y, por supuesto, encontró almas que tocaban la suya, pero nunca lo suficiente como para hacerse una. Así vivió muchos años, hasta que un mal viento la trajo de vuelta a esta ciudad. Las primeras semanas fue presa de la desesperación, luego la histeria, la rabia. Y quiso volver a irse. Pero esta vez ya no había vientos favorables. Entonces tuvo que hundirse en un cuartito de uno por uno, y vivir de almendros y palomas muertas de pena. Así la conocí.


LLEVAMOS ENTRANDO Y SALIENDO DE NUESTRAS VIDAS como cinco años. En ese lapso he podido descifrar la simbología de su pecas en la espalda, la mugre de sus uñas, y el rancio sabor de su boca a las tres de la madrugada. Hora de los gallos y las luces de neón. Ah, esas horas, donde sentados en las banquetas de “agosto” –así la llamamos por nuestra manía de renombrar los objetos de acuerdo al mes o día en que lo encontramos-, vemos cruzar luciérnagas y gatos blancos resplandeciendo en los huecos de la ciudad. Siempre vamos de banqueta en banqueta, también de bar en bar, y de luz en luz. Somos seres extraños, lo sé. La gente nos lo hace saber a cada rato. Nunca nos echan, pero nos apartan con sus miradas de setiembre en plena lluvia. Hada dice que lo hacen porque en el fondo les atraemos. Quisieran ser como nosotros, pero algo les duele en la punta del pecho o en el lado oculto de sus pies. Y nos dejan pasar, nos dejan sentarnos, nos dejan vivir, sólo para vernos de lejos, como quien contempla un cuadro o una fotografía de algún lugar que desearía ir, pero sabe que nunca lo hará. Una prolongación de sus sueños y deseos. Eso somos para esta gente de saco marrón y zapatos de cuero azul. Una vez, sentado a la orilla del riachuelo mayor, al lado de la plaza de los cerdos sin destazar, uno de ellos se nos acercó pensando que éramos adivinos. Nos preguntó por una mujer a que amó locamente, también por otra que odió al punto de querer matarla. Incluso, preguntó por el tipo que cobra los impuestos, al que le debía la vida entera. Hada lo miró desde el ángulo más alto posible, y le dijo que la mujer que amó vive en una pequeña ciudad a tres kilómetros de aquí. Vive sola. Y lo único que quiere es seguir así. Sola. “Al parecer –le dijo- algo descubrió en ti, acaso tus bolas de macho viejo o las cerillas de tus orejas peludas, qué se yo, algo que la espantó de tal modo, que no quiere saber nada del mundo. Te aconsejo que la dejes, porque puedes provocarle la muerte”. No recuerdo qué le dijo sobre la otra mujer, pero por los gestos que hacía debió de ser algo terrible. Vi cómo Hada hundía sus pies entre sus pechos y se retorcía en el piso como una serpiente. Luego, ya erguida, le recomendó ir a matar al recaudador de impuestos, pues si no lo hacía, el recaudador lo haría con él. Ya cuando el tipo se hubo marchado, pregunté a Hada qué era todo eso que le había dicho. Ella me miró como esa mirada de jueves de ceniza. Y hundió su lengua en mi nariz. Señal de que debo callarme. Estábamos entrando en lugares prohibidos. Ambos sabíamos que si insistía en eso, pronto nos veríamos en medio de las cavernas laberínticas de la confusión. No sabría quién es ella ni quién soy yo. Lo mejor era no seguir y esperar a que todo escampe y la memoria flote, liberada de esas cosas prohibidas, encerradas en aquellos cuartos hediondos que la memoria tiene para secretos que pueden matarnos. Una vez estuvimos a punto de entrar en ella. Fue en la fiesta de luces al final del día de las gacelas en la plaza de los adoquines rojos. “Cuéntame”, le dije. Ella volvió a mirarme. Sus ojos de luciérnaga aprovecharon la poca luz para aproximarme a sus zonas más secretas. Supe de su padre al filo de las tres de la tarde, un martes de enero. Lo vi levantar sillas y mesas, también comer con una voracidad animal. Luego dejó a su papá retozando en un campo pelado, y me contó de sus crepitaciones capilares y de por qué se cortaba las uñas de los pies cada veinte horas. Es por la inercia, decía, por el miedo a quedarme rígida, como una estatua de piedra caliza. Tengo esa impresión –continuó-, esa rara sensación de que si algún día dejo de moverme nunca lo haré más. Así continuó casi hasta el alba. Pero no llegó a las partes prohibidas. Tuvo la habilidad para detenerse a tiempo. Y antes de que su vida entera se abriera como una flor en primavera, o una puerta medieval, me dio una palmada en el hombro izquierdo, y me invitó a caminar por el puente quebrado. Y nos fuimos. Como nunca agradecí ese gesto. Estuve a punto de besarla de pura emoción. Pero me contuve. Y, silencioso, apenas rozando sus manos con las mías, la acompañé.
Cuadro: Dog, por Emil Nolde, 1912.

viernes, marzo 20, 2009

Galería de Arte Pop




Óleo de una muchacha sin sombrero

Imagina que pinto un sol en tu frente
Que la lleno de árboles y plazas
Verás que no es ninguna fantasía
Eres mi mural
Y yo la tarde que te contempla


Caída libre

La torre más alta del mundo está en Lima
Es tan alta,
Que se te va la vida en contemplarla por entera
Más aún
Los pocos que logran llegar hasta su cima
Ya no regresan
Se siguen de frente al paraíso


Girasoles rojos

La muchacha mira hacia la calle
Algo ilumina su rostro nacarado
Fiesta en sus pupilas de alambre
Yo estoy al otro lado
Atravesando con mi lengua sus millones de
Miradas

Imagino un tren con vagones interminables
Estamos encima y sentimos
El viento cayendo redondo en nuestras caras
Pecosas
Ardientes

Los girasoles rojos
Descansan bajo el cielo muerto
Ocultan su luz


Mar

Hay un mar más allá del mar
Sin peces sin vientos

Un mar sin sol, sin sal, sin barcas

Su inmenso fondo metálico
No refleja lunas ni estrellas ni dioses

Un mar que se extiende inabarcable
Como el lomo gris de una ballena
Ardiendo en el desierto


Los navegantes

¿Y si navegamos entre estos autos sin
Que nos importe los semáforos?
Pregunté
Ella hizo sus cálculos
El sol encendía aquellos mechones náufragos
Algo temblaba entre nosotros
Entonces le susurré una historia sobre pájaros
Y navegamos
Un coro de faros y gritos acompañaban
Nuestro ritmo feroz entre las calles
El mundo entero estallaba en luces
Fuimos violentos y audaces aquella tarde
Pero sólo unas cuadras
El viento, los gritos, acaso la voz agitada
De mi compañera
Terminaron por devolverme a mi realidad
De cálculos y semáforos
Y pasamos una tarde aburridísima
Ya sin sol ni temblor ni nada


Monólogo de un pájaro cruzando la lluvia

Soy un pájaro, créanme
Sin alas ni plumas
Tan solo un par de patas cortas e inútiles
¡Pero cómo vuelo!
Corto con la punta de mi pico cielos
Multicolores
Nadie atrapa mi húmedo paso por el mundo

Soy un pájaro
Cuando miro el cielo desde esta altura de años
Y no temo caer

Mis alas de náufrago
Se hunden en la lluvia tierna
Y flotan
Como un raro vaho cortando el viento

De Alado en tierra (Lima, 1998-2005)

Imagen: Peter Blake (Kent, Inglaterra, 1932), Autorretrato.

martes, junio 10, 2008

Un par de cafés para la poesía peruana de los noventa.



Este post está dedicado a dos grupos poéticos peruanos del noventa. El nombre del primero constituye un tropo (antítesis): NOBLE KATERBA, además de sus connotaciones contraculturales (el uso de la letra “K” es muy común entre los punks, por ejemplo). Un buen nombre, digamos, aunque sus integrantes no tengan nada de contraculturales, pero sí de nobles y tal vez, no lo sé, en algún momento hayan podido conformar una caterva (multitud de personas o cosas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor e importancia. Usado en sentido peyorativo [RAE]).

Aparecieron a finales de los años ochenta en la Universidad Federico Villarreal como una suerte de tardío eco del grupo Hora Zero, aunque esto pueda ser una exageración de sus profesores. Y ya sabemos que toda imitación es de mal gusto. Sin embargo, en conjunto, podríamos decir que eran buenos poetas, arriesgados en el uso del lenguaje, conocedores de su tradición, y con un buen par de libros dignos de formar parte de cualquier antología peruana. De pronto, ese fue su problema: era un buen grupo poético peruano. Es decir, marcados por el retraimiento, la mudez, la tristeza y la tonta timidez –o escondida altivez- que ya César Vallejo se encargó de difundir por todo el mundo. Además, como que no iban a tono con una década que empezaba a bombazo limpio, apagones, muertes, lucha armada, represión, huelgas y más huelgas. Tal vez si hubieran sido bohemios a la peruana –es decir, capaces de beber hasta el hartazgo-, más viscerales, más alpinchistas, más descarados para gritar sus poemas más allá de las cuatro esquinas que rodean la Universidad Villarreal –ya sabemos que en el Perú “el que no llora no mama”- hubieran logrado ser no sólo un buen grupo de poetas, sino, acaso, el único digno de mencionar en cualquier historia literaria de los noventas.

Y lo tenían todo: juventud, talento, bellas integrantes, y una pasión indoblegable por la literatura. Sin pecar de exagerado, puedo decir que –como grupo- eran los más dotados intelectual y creativamente de todo aquel mar de poetas jóvenes que inundaron las universidades, centros culturales y bares de Lima. Sin embargo, encerrados en una pequeña y perdida aula de su universidad dejaron que la poesía peruana de esa década transcurra indiferente ante sus versos largos y bien compuesto. Y la década fue despiadada con ellos, casi borrándolos de su historia, recordados sólo por aquellos que alguna vez los escucharon en su pequeña aula universitaria –aula 14-, y los acompañó un par de sesiones, porque no eran tiempos de recitales para amigos, de recitales para nadie. El grupo dejó de ser aquel grupo inicial hacia 1994, más o menos. Algunos perdieron una y otra vez sus poemarios, otros abandonaron la poesía por una página en un diario deportivo, y los más se convirtieron en profesores mal pagados, con libros mal editados a su coste y riesgo. Sólo uno de ellos –la que abandonó primero el barco- logro escribir, publicar y promocionar debidamente uno de esos libros –del grupo- que podrían integrar el índex de la poesía –versión femenina- peruana de los noventa sin que nadie levante la ceja –común en los corrillos literarios limeños. Mención honrosa para un grupo que debió llevarse el primer premio, vaya final.


El segundo grupo nació de un error, y, como sabemos, lo que mal empieza mal acaba. “Bubu” era un dirigente estudiantil de la FUSM a inicios de los noventa y, siendo el flamante secretario de cultura, no se le ocurrió nada mejor para empezar su gestión que realizar un congreso de literatura. Pero “Bubu”, como buen estudiante de sociología, sabía poco, casi nada o simplemente nada ni del tema ni de literatura. Su conocimiento de la cultura comenzaba y terminaba en su grupo folklórico Ñawpamachu, donde tocaba el bombo. Así que, intentando pensar como sociólogo, decidió hacer trabajo de campo y se fue a la Facultad de Letras en busca de estudiantes de literatura que le ayudaran en su empresa. Investigando el asunto –o sea, preguntando a cualquier estudiante que se pasee con un libro en la mano por el Patio de Letras- esa mañana se encontró con un personaje que ni era estudiante de literatura, ni siquiera estudiante matriculado, sino un “alumno libre” al que acababan de prohibirle la entrada a una clase por “carecer de nivel universitario”, o sea, por interrumpir las clases con preguntas, digamos, “fuera de contexto”, y que “Bubu” por verlo con un libro de Rimbaud bajo el brazo confundió con un eximio estudiante de literatura y le propuso realizar su bendito congreso, que al final se llamó “I Encuentro de poesía peruana”. De ese error surgió el Grupo Neón.


Me explico, al falso estudiante de literatura, convertido en el lapso de los cinco minutos que duró su conversación con “Bubu” en el mejor alumno de su promoción por leer a Rimbaud y recitarlo como si se tratara de un vals de Lucha Reyes, poeta joven –jovencísimo porque acababa de nacer- y líder de un grupo que aún carecía de nombre, “Bubu”, no sé si por dejarle el trabajo duro a otro y quedarse con buena parte de los fondos que la FUSM le había prometido para ese evento o, puede ser, porque sucumbió –como muchos, según veremos más adelante- a la consabida labia peruana del susodicho, terminó encargándole organizar la parte “académica” del asunto. Por la tarde, aquel falso estudiante fue en busca de verdaderos estudiantes de literatura y convenció a tres de ellos –buenos estudiantes y poetas en ciernes-, no sólo de organizar la actividad, sino también de formar un grupo. Esa misma noche se fueron al centro de Lima en busca de "inspiración" para el nombre. A las dos de la mañana, ebrios de licor, sueños, pero sin nombre para el grupo, abandonaron el último bar. Caminaron varias calles dando tumbos entre la basura, los coches mal estacionados y niños que se drogaban con Terokal. En la avenida Wilson dos abordaron sus buses y se fueron a casa. Se quedó el falso estudiante y otro que, a pesar de tener más de treinta años, eran el más novato de todos. Precisamente éste, a poco de continuar su ruta hacia el Paseo Colón, se acercó a un árbol para orinar. Entonces el falso estudiante le gritó: “Oe, no seas meón”. El otro volteó, y dijo: “¿Cómo?, ¿neón?, ¿neón?... neón, ¡Neón!”. Y de ese segundo error prostático surgió el nombre. Lo que siguió después es más o menos conocido gracias a la autopromoción de los fundadores, re-fundadores y re-re-fundadores que tuvo este grupo en su accidentada existencia: realizaron el “Encuentro de poesía” como un grupo –apadrinados por Enrique Verástegui- y se disolvieron la misma tarde que terminó el evento; el falso estudiante volvió a fundarlo incorporando a otros poetas; unos meses después, antes de su eminente disolución, el falso estudiante volvió a incorporar nuevos poetas, evitando el cisma; y así, hasta conformar un año después una variopinta fauna de gente de toda estirpe y calaña: surrealistas, indigenistas, coloquiales, sociales, existenciales, marxistas, católicos, monárquicos, puristas, anarquistas, medianamente cultos, totalmente incultos, tímidos, excéntricos, machistas, homosexuales, lesbianas, simplemente imbéciles o alguno que otro con verdadero espíritu de poeta: todo un museo posmoderno o una de esas comidas de siete sabores que se sirve en las carretillas de la Avenida Abancay, como prefieran verlo.

En realidad, lo que logró conformar el falso estudiante de literatura -¡con un solo poema de apenas veinte versos!- nunca fue un grupo poético, sino una suerte de pasarela con luces de neón por donde desfiló el que quiso y como quiso, un maratón de gente ansiosa por salir del anonimato, un carrusel de poetas sin poemas, o sea, como grupo: NADA. La verdad todo terminó mal, incluso para el mismo “Bubu”, quien años después fue incluido en la lista negra del régimen de Fujimori y tuvo que exiliarse en Chile –llevándose unos tapetes hechos por los presos políticos, según algunos de sus camaradas-; el poeta de más talento de Neón –Carlos Oliva- murió hacia 1994 en completo abandono, sin dejar una obra sólida, salvo un manojo de poemas mal editados por el propulsor del vedetismo del grupo –Paolo de Lima-; y la única carta poéticamente “decente” del grupo –Miguel Ildefonso- logró algunos buenos libros precisamente cuando se distanció de Neón, es decir, cuando dejó la farándula y se exilió unos años en Estados Unidos; lo mismo ocurrió con otros que, o bien se distanciaron tempranamente y continuaron su carrera literaria con relativo éxito –como Selenco Vega-, o simplemente en algún tramo del recorrido de Neón giraron en otro sentido y se fueron a casa a escribir su poemario –como Isabel Matta; del resto hay muy poco qué decir, salvo que han engordado, mantienen una familia o empresas, y que de vez en cuando, si amerita poner en el curriculum alguna actividad cultural, mencionan su pasado en Neón. El único que ganó “algo” de todo esto fue el que verdaderamente no tenía nada: no era estudiante de literatura, no tenía poemas, no tenía talento. Sin embargo, se las arregló para ser la ÚNICA cara visible del grupo todo el tiempo que éste duró, haciendo que el resto tontamente trabajara para él. Gracias a eso logró ser incluido en antologías; invitado a recitales; ser la voz parlante de una generación ante sociólogos a los que les importaba un rábano la poesía y sólo estaban en busca de alguna rareza social; y hacerse del nombre de “poeta del Perú, fundador del grupo más emblemático de los noventas”.

Finalmente, agotada toda la ingenuidad de que es posible un peruano –que lo veía como poeta representativo-, en bloque le dieron la espalda, cerrándole el paso hasta en los peores bares del centro de Lima. Sin más opción, llevado por el puro instinto de sobrevivencia, viajó a realizar su sueño latinoamericano en Madrid, donde, entre españoles ingenuos, malos poetas, resentidos con su país, o, simplemente, gente que desprecia al Perú y su poesía, logró ser ungido “representante peruano” en recitales, congresos y ferias de libros, con el único propósito de burlarse de la poesía peruana. Obviamente, su final es predecible: cuando se cansen del bufón comenzarán a buscarse otro, y si cae por allí algún neosurrealista o patafísico peruano, seguro le quitará el cupo de “rareza sudaka” que ahora ocupa.

Triste y muy peruano final para estos grupos a los que, como colofón, les dedico una de las frases con que el fallecido poeta Pablo Guevara -¡cuánto se te extraña!- solía terminar rojo de indignación alguna de nuestra conversaciones sobre poesía peruana: “Perú no es tierra de poetas, sino de cojudos y pendejos metidos de poetas”.

Fotos: [1] Jhonny Barbieri, Leoncio Luque, Pedro Perales, Iván Segura y Roxana Crisólogo; [2] Manuel Cadenas; [3] Barbieri y Crisólogo; [4] Juan Vega, Paolo de Lima, NN, Hécto Ñaupari y Rubén Grajeda; [5] Carlos Oliva; [6] Miguel Ildefonso; [7] Rubén Grajeda.

miércoles, mayo 28, 2008

Responso para los poetas muertos del Perú

Acababa de tomar mi lugar de siempre en una cafetería de la Plaza Mayor de Salamanca, cuando leí en la pantalla de mi portátil la noticia de la muerte de Alejandro Romualdo. Según daba cuenta la nota, cuando lo encontraron el poeta del pueblo llevaba tres días muerto en circunstancias aún no aclaradas. Una pena más para la poesía peruana, que en los últimos años lleva varios muertos a cuesta. Haciendo cuentas, desde que yo empecé a trajinar por estos pagos, a inicios de los años noventa, he tenido noticia de la muerte de más de una veintena en los distintos puntos del país. Algunos murieron en el más absoluto abandono –enfermos, viejos o pobres-, otros bajo las estúpidas ruedas de un coche o el suicidio. Hubo de todo en estos duros años para la poesía en el Perú. Pensando en esto, decidí, con cigarrillo al ristre y café en la mesa, hacer un alto en mis lecturas y dedicar la mañana a recordarlos. Va para ellos el responso que Rubén Darío escribió para Paul Verlaine.



Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
¡al son del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
que se humedezca el áspero hocico de la fiera
de amor si pasa por allí;
que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne
y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,
ahuyenten la negrura del pájaro protervo
el dulce canto de cristal
que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
o la armonía dulce de risas y de besos
de culto oculto y florestal.

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
sino rocío, vino, miel:
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
bajo un simbólico laurel!

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,
tu nombre ponga en la canción;
y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche
con ansias y temores entre las linfas luche,
llena de miedo y de pasión.

De noche, en la montaña, en la negra montaña
de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
sombra de un Sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extrahumana flauta la melodía ajuste
a la armonía sideral.

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta
de compasiva y blanca luz;
y el Sátiro contemple sobre un lejano monte
una cruz que se eleve cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!

[Responso a Verlaine, de Rubén Darío]


LOS POETAS MUERTOS DEL PERÚ (1990-2008)

Alejandro Romualdo Valle.
Nació en Trujillo el 19 de diciembre 1926. La noche del 27 de mayo de 2008 fue hallado sin vida en su vivienda del distrito limeño de San Isidro.





Juan Ramírez Ruiz.
Nació en Chiclayo en 1946. Durante meses se le dio por desaparecido, hasta que se descubrió que murió arrollado por un bus interprovicial en el norte del Perú, un 19 de enero del 2007.




José Watanabe Varas.
Nació en Laredo, un pequeño pueblo al este de Trujillo, el 17 de marzo de 1945. Murió, luego de una larga y penosa enfermedad, en la ciudad de Lima el 25 de abril de 2007.



Jaime Pablo Guevara Miraval.
Nació el 23 de mayo de 1930. Murió de una penosa enfermedad el 2 de noviembre del 2006.




Jorge Eduardo Eielson.

Nació en Lima, el 13 de abril de 1924. Murió en Milán el 8 de marzo del 2006.




Francisco Bendezú.
Nació en Lima, en 1928. Murió en la misma ciudad el 16 de febrero del 2004.







Javier Sologuren Moreno.

Nació en El Callao, (Perú) el 19 de enero de 1921 . Murió en Lima el 21 de mayo del 2004.




Washington Delgado Tresierra.
Nació en el Cuzco, Perú, el 23 de diciembre de 1927. Murió en Lima el 7 de setiembre del 2003.



Emilio Adolfo Westphalen Milano.
Nació en Lima, el 15 de julio de 1911. Murió enla misma ciudad el 17 de agosto del 2001.



Josemári Recalde Rojas.
Nació en Lima en 1973. Murió trágicamente -se quemó a lo bonzo en su casa- en la misma ciudad el 21 de diciembre del 2000.






Francisco Eduardo Carrillo Espejo.

Nació en el centro de Lima, el 18 de Marzo de 1925. Murió en un accidente automovilístico 13 de octubre de 1999 en la ciudad de Huancayo, Perú.




Juan Vega Moreno.
Nació en Lima el año de 1965. Murió atropellado por un auto en la avenida Wilson en Lima, el año de 1996. En la foto es el segundo de la izquierda en la fila superior.




Carlos Oliva Valenzuela.
Nació en Lima el año de 1960. Murió atropellado por un vehículo de transporte público en la misma ciudad en 1994.

miércoles, mayo 21, 2008

Verástegui y Bolaño: origen de una enemistad bajo el agua


Cuando a Roberto Bolaño no se le conocía ni en pelea de perros en Madrid, y sólo era un emigrante “pobre como una rata”, como escribió Javier Cercas (“El llanto del guerrero”, El País Semanal, 21 de setiembre del 2003), el poeta peruano Enrique Verástegui ya lo consideraba el mejor narrador latinoamericano. Me lo dijo a comienzos de los años noventa, uno de esos veranos en que solía visitarlo en su casa de Cañete, huyendo del calor pegajoso de Lima. Una vez, mientras íbamos por la tercera o cuarta botella de vino de la noche, me contó que conoció a Bolaño en Barcelona en los años setenta, cuando éste era un desempleado sudaka chileno, seudo poeta, que vagaba por los cafetines de La Rambla y el Barrio Gótico, y Enrique era un flamante becario de la Fundación Solomon R. Guggenheim, autor de un poemario celebrado por unanimidad en Perú, México y varios países latinoamericanos –En los extramuros del mundo. Según entendí, la amistad duró todo el tiempo que Verástegui estuvo en esa ciudad y se prolongó varios años a través de cartas. Pero hacia finales del noventa, poco después de que saliera a la venta Detectives salvajes, me reuní con Verástegui en una cebichería de La Molina, y me dijo que Bolaño ya no era su amigo. ¿Qué pasó? ¿Por qué Enrique dejaba de hablarme de Bolaño justo en el momento en que éste comenzaba a abrirse paso –cual exitoso cazador de búfalos- en el mercado editorial español? Misterio. Poco después, leí en uno de los capítulos de la segunda parte de Detectives salvaje la historia –apogeo y caída- de un anónimo poeta peruano, cuya vida guarda más de una semejanza con la de Verástegui. Desde aquella vez muchos de los que han leído la infame historia –cubierta bajo el engañoso manto de la ficción-, piensan que merecería una respuesta “a lo Bolaño”, es decir de tal contundencia que –cual torpedo lanzado desde el monitor Huáscar a la corbeta Esmeralda- haga remecer en su tumba al buhonero hippie, socarrón y malhablado escritor chileno. Pero claro, Verástegui es peruano y, como era de esperarse, –cual Miguel Grau rescatando a los sobrevivientes chilenos de la Esmeralda- ha optado por un elegante silencio. Va aquí el origen de este conflicto bajo el agua.


[...] El peruano obtuvo una beca y se marchó de Lima. Durante un tiempo recorrió Latinoamérica, pero no tardó mucho en embarcarse con destino a Barcelona y luego a París. Arturo, según creo, lo conoció en México pero su amistad con él se cimentó en Barcelona. Por aquella época todo parecía indicar que su carrera literaria sería meteórica, sin embargo, vaya uno a saber por qué, los editores y los escritores españoles no se interesaron, salvo contadas excepciones, por su obra. Después se marchó a París y allí entró en contacto con estudiantes peruanos, maoístas. Según Arturo, el peruano había sido maoísta, un maoísta lúdico e irresponsable, un maoísta de salón, pero en París, de una manera u otra, lo convencieron, digamos, de que él era la reencarnación de Mariátegui, el martillo o el yunque; no podría precisarlo, con el cual iban a destrozar a los tigres de papel que campeaban a sus anchas en Latinoamérica. ¿Por qué Belano creía que su amigo peruano jugaba? Bueno, no le faltaban motivos: un día podía escribir páginas horribles y panfletarias y al día siguiente un ensayo cuasi ilegible sobre Octavio Paz en donde todo era zalamerías y alabanzas al poeta mexicano. Para ser maoísta, aquello no era muy serio. No era consecuente. En realidad, como ensayista el peruano resultó siempre un desastre, ya fuera en el papel de portavoz de los campesinos desheredados o en el de adalid de la poesía paciana. Como poeta, en cambio, seguía siendo bueno, en ocasiones incluso, muy bueno, arriesgado, innovador. Un día, el peruano decidió regresar al Perú. Tal vez creyó llegado el momento de que el nuevo Mariátegui retornará al suelo patrio, tal vez solo quiso aprovechar los últimos ahorros de su beca para vivir en un lugar más barato y trabajar en sus nuevas obras con tranquilidad y tesón. Pero tuvo mala suerte. No bien puso un pie en el aeropuerto de Lima cuando Sendero Luminoso, como si lo hubiera estado esperando, se levantó como un desafío tangible, como una fuerza que amenazaba extenderse por todo el Perú. Evidentemente, el peruano no pudo retirarse a escribir a un pueblito de la sierra. A partir de allí todo le fue mal. Desapareció la joven promesa de las letras nacionales y apareció un tipo cada vez con más miedo, cada vez más enloquecido, un tipo que sufría al pensar que había cambiado Barcelona y París por Lima, en donde los que no despreciaban su poesía lo odiaban a muerte por revisionista o perro traidor y en donde, a los ojos de la policía, había sido, a su manera, es cierto, uno de los ideólogos de la guerrilla militarista. Es decir, de golpe y porrazo el peruano se encontró varado en un país en donde podía ser asesinado tanto por la policía como por los senderistas. Unos y otros tenían motivos de sobra, unos y otros se sentían afrentados por las páginas que él había escrito. A partir de ese momento todo lo que él hace para salvaguardar su vida lo acerca de forma irremediable a la destrucción. Resumiendo: al peruano se le cruzaron los cables. El que antes fuera un entusiasta del Grupo de los Cuatro y de la Revolución Cultural, se transformó en un seguidor de las teorías de madame Blavatsky. Volvió al redil de la Iglesia Católica. Se hizo ferviente seguidor de Juan Pablo II y enemigo acérrimo de la teología de la liberación. La policía, sin embargo, no creyó en esta metamorfosis y su nombre siguió estando en los archivos de gente potencialmente peligrosa. Sus amigos, en cambio, los poetas, los que esperaban algo de él, sí que creyeron en sus palabras y dejaron de hablarle. Incluso, su mujer no tardó en abandonarlo. Pero el peruano perseveró en su locura y se mantuvo en sus trece. En su polo norte final. Por supuesto, no ganaba dinero. Se fue a vivir a casa de su padre, quien lo mantenía. Cuado su padre murió, lo mantuvo su madre. Y por supuesto, no dejó de escribir y de producir libros enormes e irregulares en donde a veces se percibía un humor tembloroso y brillante. En ocasiones llegó a presumir, años después, de que se mantenía casto desde 1985. También: perdió cualquier atisbo de vergüenza, de compostura, de discreción. Se volvió desmesurado (es decir, tratándose de escritores latinoamericanos, más desmesurado de los habitual) en los elogios y perdió completamente el sentido del ridículo en las autoalabanzas. Sin embargo, de ves en cuando, escribía poemas hermosos. Según Arturo, para el peruano los dos más grandes poetas de América eran Whitman y él. Un caso raro (Detectives Salvajes. Anagrama, Madrid, 1998, pp. 496-499).

Fotos: [1] Enrique Verástegui; [2] Roberto Bolaño;[3] Grupo Hora Zero;[4] Grupo Infrarrealista.


viernes, mayo 16, 2008

Leo Zelada: Poeta made in Perú en Madrid


A nuestro entrevistado lo conocí como Rubén Grajeda Fuentes, luego como Leo Zelada y ahora me entero que se llama Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes. Lo conocí a inicios de los años noventa, y desde esa fecha no he podido perderle la pista. Personaje singular de la última década en la poesía peruana, cual José Santos Chocano –sin laureles oficiales- o Abraham Valdelomar sin obra, desde hace unos años ha emprendido una loca carrera literaria hacía quién sabe dónde. A su paso ha ido fundando y re-fundando grupos poéticos, escribiendo panfletos y sobreviviendo de cualquier manera de la literatura. Ahora está en Madrid continuando su “loca carrera”, pero esta vez con mayor éxito que en Lima, de la que se autoexilió cansado de la censura y mala leche de la “mafia literaria” limeña, como confiesa en la entrevista. Desde su cuartel general, un bar en el barrio de Malasaña llamado Bukowski, ha desarrollado una eficaz campaña mediática y literaria, logrando, en poco más de dos años, ser invitado obligado en cualquier recital poético de Lavapies o Fuencarral, panelista en coloquios celebrados en Casa de América y el Círculo de Bellas Artes, invitado en programas de radio y televisión como el Canal Latino y TVE, publicado varios volúmenes de una Antología de Poesía Latinoamericana, un nuevo libro de poemas (La senda del Dragón) y una traducción de poemas en quechua –recopilados por su padre- al castellano, rodearse de un amplio círculo de amigos –la mayoría españoles-, y otras actividades top secret.

La presenta entrevista fue realizada hace unos meses, antes de su apoteósica presentación en el Salón del Libro Iberoamericano celebrado en la ciudad de Gijón -resaltada en varias cadenas de noticias del mundo, según cuelga el autor en su blog-, vía Messenger en un cyber-café de la ciudad de Salamanca, en pleno invierno europeo, en un arranque de “nostalgia provinciana”.



EL HÍGADO PERUANO

CC: Leo Zelada, ¿por qué te fuiste del Perú?

LZ: Me fui porque quería salir del circuito provinciano limeño y quería estar en Madrid, ciudad donde está el centro del mundo literario hispánico.

CC: ¿No estás siendo un tanto duro con tus paisanos?

LZ: No, simplemente es la realidad. La literatura peruana última no me transmite nada.

CC: Cualquiera diría que estás resentido con tu país.

LZ: Amo el Perú. En España he publicado una antología bilingüe quechua- castellano de la cultura incaica Al mostrar la enorme riqueza literaria de la tierra donde nací, estoy siendo respetuoso con mis raíces. Simplemente, detesto la mafia literaria peruana vinculada a unos intereses comerciales acríticos.

CC: ¿Puedes especificar a quiénes te refieres con eso de la "mafia literaria"?

LZ: A los que hacen una literatura que vive de espalda a la realidad social peruana y tocan el tema de la violencia política desde una mirada superficial, como Fernando Ampuero, Iván Thays y Alonso Cueto, por no hablar de ciertos poetas que no transmiten nada y son las vacas sagradas de la poesía peruana.

CC: ¿Puedes dar un argumento más claro de por qué son “mafiosos”?

LZ: Ellos determinan a quienes fichan en las editoriales peruanas, son los que dirigen desde las sombras las críticas literarias en los periódicos y los que reparten los premios. Y los autores jóvenes tienen que ser apadrinados por ellos. Ellos dirigen a Marcel Velásquez, Diego Otero, a Abelardo Oquendo.

CC: Veo que tienes un visión muy pesimista de la literatura peruana actual.

LZ: No le veo ningún futuro. Sólo podrán hacer una obra interesante los que logren salir del país.


ÚLTIMA CENA

Parado en una barra
me paso la tarde
esperando llegue
mi ración de pan y queso

La tristeza brilla en los 12 hombres y mujeres
que habitan este restauran

El bullicio esconde una pena inmensa

Aquí ya es tarde en Madrid
Solitario entre las gentes
inicio el rito cotidiano de mi cena.


EL SUEÑO LATINOAMERICANO

CC: ¿Te consideras un poeta marginado en el Perú?

LZ: Yo no me llamaría marginado, sino más bien censurado.

CC: ¿Por quiénes?

LZ: Por la mafia literaria del Perú.

CC: ¿En Madrid te ha ido mejor?

LZ: En Madrid me ha ido bien, no me puedo quejar. Esta es una ciudad cosmopolita donde los apellidos no interesan.

CC: ¿Qué libros has podido publicar aquí?

LZ: Una traducción de poesía quechua al castellano y un nuevo poemario titulado La senda del dragón.

CC: ¿Y cómo fueron recibidos?

LZ: Pues, en general, la opinión del público y de la crítica literaria me ha sido favorable. Pero lo más importante para mí es que consideran que he alcanzado mi madurez literaria.

CC: ¿Te has adaptado al medio español?

LZ: Pues al principio me fue difícil adaptarme a una cultura tan distinta de la mía como es la europea. Pero luego uno se va integrando, sobre todo cuando tienes tu bar donde vas a tomar una copa con tus amigos, o tu Café donde leer y los parroquianos te saludan como uno más, o en el circuito literario madrileño dejas de ser el escritor latinoamericano que esta de pasada, y te ven como uno del lugar.



ICHMA

mawa llamina kawchiri chanqa
wyañuy wañu chikuypi
hathun tayta pachacamac

p'aqo apasanka
apukuwa wan tiraj chanqa
hiway
¿maypinchay sañu wat'ejqa
wiñay kawsay chikarichipuxta?


[arrojado a la frontera intolerable del suicidio

oh padre Pachacamac

alacrán dorado exiliado entre los dioses

dime:

¿dónde se halla el abismo sacro
de lo eterno y lo perdido?]


UNAS CHIQUITAS CON ZELADA

CC: ¿Cómo definirías tu estilo en estos momentos?

LZ: Pienso que he logrado mayor dominio de mi lenguaje poético. De narrativa cada vez escribo textos más cortos. Algo que une mis cuatro poemarios, más allá de los diferentes temas y géneros que abordan es que todos son poemas muy cortos, como es mi norte estético influenciado por la cultura audio-visual y el minimalismo. En narrativa me explayo un poco más, pero busco básicamente el estremecimiento, la imagen, el ritmo y la concisión. En poesía lo abordo líricamente con ciertos toques coloquiales. Pero en narrativa busco contar una historia de la manera más cercana posible, sin dejar de lado lo lírico. Algo así como novela poética. Y mis cuentos son básicamente microrrelatos.


CC: ¿Vas a volver al Perú?

LZ: Algún día.

CC: ¿Sigues considerándote un escritor maldito?

LZ: Sólo soy un poeta bendecido por el don de la palabra.

CC: ¿Qué pensarías si de aquí a veinte años en el Perú siguieran manteniendo la misma indiferencia ante tus libros?

LZ: Igual le pasó a César Vallejo, Carlos Oquendo de Amat y Manuel Scorza. Esa es mi tradición.

CC: ¿Te consideras tan buen poeta como los que mencionas?

LZ: Obvio.

CC: Sin embargo, en el Perú piensan que el mejor poeta del Grupo Neón, que tú fundaste, es Miguel Ildefonso.

LZ: Por educación no te responderé.


Fotos: [1]; Le0 Zelada en caricatura; [2] Leo Zelada en su piso en Madrid;[3] Leo Zelada junto a un grupo de poetas españoles que fueron jurado en un concurso de poesía;[4] Leo Zelada viviendo la bohemia madrileña.