miércoles, diciembre 28, 2011

Antología "Relatos de tus poemas"

La editorial Kit-Book de Barcelona acaba de publicar la antología Relatos de tus poemas, donde reunen poemas y cuentos seleccionados a través de un concurso convocado por esa misma casa editora, en la cual incluyen un breve poemario mío titulado Girasoles rojos y otros poemas. Aquí les cuelgo la portada y uno de los poemas editados.  



Mar


Hay un mar más allá del mar
Sin peces sin vientos

Un mar sin sol, sin sal, sin barcas

Su inmenso fondo metálico
No refleja lunas ni estrellas ni dioses

Un mar que se extiende inabarcable
Como el lomo gris de una ballena
Ardiendo en el desierto

lunes, noviembre 21, 2011

Microantología del microrrelato III

Nuevamente la Editorial Irreverentes ha tenido a bien invitarme a participar en su última selección de microrrelatos. El cuento que les envié es una versión revisada de uno que dio título a mi primer libro (Cuarto desnudo), publicado en Lima en 1996. Trata de unas hormigas, una pareja en una bañera y un cuadro de Seurat. Agradezco a Miguel Ángel de Rus y Vera Kukharava, editores de la antología, por incluirme en su publicación.






Nota de prensa

En Microantología del microrrelato III se presenta una brillante selección de relatos divertidos, sorprendentes, intimistas o humorísticos, terroríficos o fantásticos; sobre el amor y desamor, reflexiones sobre la muerte y la vida; de misterio, ciencia ficción o históricos. En todos los casos, la brevedad va unida al impacto y la sorpresa, de un mundo a otro, de un sentimiento al contrario. Al pasar cada página hay una nueva sensación.

Microantología del microrrelato III es el libro ideal para quienes tienen siempre prisa, quienes van a tomar un nuevo tren, para aquellos que no aguantan interrupciones en el cine o el teatro, para aquellos que piensan que un año es una eternidad y, especialmente, para los amantes de la buena literatura, porque la brevedad y la excelencia pueden ir unidas.


Relatos y Autores selecciones

A la sombra del edificio del Congreso. Miguel Angel de Rus; Adoquines. Julio Fernández Peláez; Aromaterapia. Teresa Dovalpage; Autorretrato. Juan Vivancos Antón; Bestia. Ambrose Bierce; Bienes muebles. Patricia Esteban Erlés; Carne argentina. Gustavo Valle; Chorizos y pringaos. Joseba Iturrate; Condena. Claudia Cortalezzi; Crímenes literarios. Elena Marqués; Cuarto desnudo. Carlos García Miranda; De noche. Franz Kafka; Desfile patriótico. Villiers de L'Isle Adam; Despertar. Víctor M. Bórquez Núñez; Digo que no. Arquímedes González; El alma de la máquina. Baldomero Lillo; El antídoto. Isaac Belmar; El combate. Harold Kremer; El culto a la patria. Alphonse Allais; El deseo. Francisco José Segovia Ramos; El espejo. Aurelia María Romero Coloma; El fiscal. Iván Teruel; El hombre que tenía algo en el ojo. Jules Jouy; El inicio. Eduardo Berti; El niño malvado. Antón Chéjov; El peluquero. Karl Kraus; El tren borracho. Mijail Bulgakov; En el país de los Ticos. Manuel Cortés Blanco; Encuentro. Félix Díaz; Equivocación. Karel Capek; Escritor suicida. Víctor Montoya; Ese toro enamorado de la luna. Carlos Ortiz de Zárate; Extinción. Ariel Dorfman; Hindi kayong lahat ay malilini. Luis Marcelo Pérez; Juro que soy inocente. Irene Comendador; La alhaja. Jules Renard; La espera. Ainhoa Bárcena; La filósofa y el matemático. Salvador Robles; La navaja inglesa. Konstantín Paustovskiy; La persistencia de los recuerdos. Francisco Legaz; La pobreza. Mijail Zóshchenko; Las cerezas de Düsseldorf. Álvaro Díaz Escobedo; Las frutas del amor. José Luis Alonso de Santos; Las mismas razones para la muerte. El Vizconde de Saint-Luc; Limitado albedrío. Juan Manuel Ortiz Taberna; Los desalmados. Sergio Gaut vel Hartman; Los dos hombres. Jorge Majfud; Los recortes. Pablo Vázquez; 1000 dedos. Paloma del Palacio; Moscú, 1952. Joaquín Leguina; Mujer lechuza. Susana Corcuera; No sólo de tecnología vive el hombre. Nelson Verástegui; No todas las historias son de película. Cristina Ruberte-París; Nochebuena infernal. Juan Aparicio Belmonte; Orfeo y Eurídice. Leopoldo Lugones; Parlamentarismo. Guillaume Apollinaire; Psicopatología feminista. Melanie Taylor Herrera; Reflexiones en horas de trabajo. Juan Patricio Lombera; Rescoldos. José Enrique Canabal; Solo en casa. Javier Fernández Jiménez; Striptease sangriento. Andrés Fornells; Último beso. Mary A. Rum; Una noche de niebla. Jesús Yébenes Montemayor; Viejas cayendo por la ventana. Daniil Jarms; Vudú 1. Diego Muñoz Valenzuela.


Cuarto desnudo




Las hormigas. Extraño a las hormigas, a sus patitas intentado ingenuamente acercarse a mi mano, sus lomos grises, el crujido de sus vientres al reventarse entre mis dedos. Extraño esa espantosa indiferencia ante la muerte. Arlén solía regañarme por hacer eso. Siempre le pareció repugnante y sucio eso de andar por ahí, buscando hormigas entre los zócalos y las hendiduras de las puertas. Ella no entendía eso me mueve, me incita al goce epidérmico de tomarlas delicadamente entre mis dedos, de aplastarlas y sentir, una vez más, esa rara acidez en mi boca húmeda. Arlén nunca entendió que eso de matar hormigas era en verdad una morbosa anunciación.

necesitaríamos una bañera larga y honda (mientras se quitaba la blusa)

(mirándola fijamente desde el umbral de la puerta) tienes razón, así podríamos ocultarnos de todos, incluso, podríamos pasar días, meses, en fin, hasta años ahí adentro, sin que nadie nos perturbe


Aquella primera vez Arlén estaba sentada sobre unas gradas. Fumaba y miraba absorta un punto en el espacio (esa imagen suya es la que siempre me persigue, alcanza, suprime). Pero mucho antes estuvo aquella noche llena de gente, con muchas luces y estrellas. Y yo ahí, cabizbajo, en pleno Paseo Colón, mirando la vereda sucia y grasosa, sintiendo a mis espaldas la desnuda soledad de los semáforos. Luego huí, como tantas otras veces, y escribí innumerables historias, todas inútiles: esa insoportable sensación de angustia sorda y dura seguía ahí, en mi bolígrafo, mi mano, mi rostro reflejado en la ventana, ahí, contenida en mí como dentro de una piedra. Al día siguiente, desperté tendido en el piso, ebrio y desnudo, sobre cientos de cuartillas, mirando con ojos alucinados los zócalos renegridos, al fondo de la habitación. Tiempos después apareció Arlén sentada en aquellas gradas polvorosas, fumando, contemplando ensimismada sus vacíos interiores.


tal vez, pero eso no estaría bien, o mejor, con el tiempo se volvería aburrido, y creo que hasta comenzaríamos a odiarnos ¡imagínate tú! meses enteros metidos dentro de una bañera ¿qué haríamos durante todo ese tiempo? (se quita el jean, el brassier y la braguita manchada con restos de su última menstruación)

(ella le arroja la braguita, él lo huele, luego ríe y la deja sobre el piso)

A veces he sentido la necesidad de ser otro, ser un foco, un meteorito o una estrella, algo que cuelgue del cielo, que permanezca ahí, suspendido, mirando el mundo como si fuese una enorme naranja. Muchas veces he salido a las calles con esta idea y he ido así entre la gente. Pero cuando he regresado a la pensión y he descubierto a Arlén desnuda, recostada sobre la cama, esa necesidad de ser otro perdía sentido, se tornaba difusa. Entonces todo se reducía a la imagen de Arlén sobre la cama, y yo ahí, acurrucado a su vientre, acariciando sus senos flácidos y tibios. Nunca he podido desprenderme de su intenso olor a lilas muertas. Pero, a pesar de todo, Arlén nunca pudo entender mi manera, tan lúcida, de abrir las puertas, de aferrarme a los pasamanos, de contemplar el mundo desde tan adentro.


(completamente desnuda) ¿sabes qué? pienso en los muchachos, en la manera cómo nos miraron cuando te toqué la entrepierna frente a ellos ¡asqueroso! definitivamente no entienden nuestros lazos

(sonriente, avanzando hacia ella) ¿ves? si tuviéramos la bañera que te digo no necesitaríamos de ellos, ni de nadie, y ahí podrías tocarme todo lo que quieras, no habría nadie, sólo nosotros dos (se desviste lentamente, se mete en la cama y apaga las luces)


Estábamos hablando de Seurat, recuerdo. Ella me explicaba los contenidos neo impresionistas de su “Modelo de cara”. Decía que detrás de su aparente afán intuitivo se escondía un desmesurado racionalismo. De pronto todo comenzó a expandirse, a difuminarse como el humo de la mariguana que Arlén fumaba lentamente. El cuarto comenzó a llenarse de tonalidades fantásticas, como salidas de un cuadro de Kandinsky. Entonces Arlén comenzó a gritar cosas que en verdad nunca debió gritar. Y la vi ahí, tirada sobre el piso, bañando su cuerpo desnudo con ron, pidiéndome, desesperada, que mordiera despacio sus rodillas, que escribiera frases obscenas sobre su vientre y que trazara líneas surrealistas en sus senos agitados. “Hazlo, estúpido, hazlo”, decía Arlén mientras se tiraba de los cabellos y miraba a todos partes como una bestia en celo. En ese instante pensé en las hormigas. Imaginé que tenía cientos de ellas en mis manos, que las tomaba una a una y las devoraba con violencia: nuevamente esa indiferencia ante la muerte. El humo seguía expandiéndose por toda la habitación y una multitud de imágenes flotaban sobre alucinantes plataformas líquidas. Nunca antes me había sentido tan confundido, tan distante y extraño a todo, percibiendo apenas partes sueltas del mundo: uno de mis manuscritos flotando en el espacio, la cama lejanísima, inalcanzable, y Arlén ahí, en medio de todo, tan ebria y sucia, tan desnuda.

[el cuadro es de George Pierre Seurat, "Modelo de Cara"]






domingo, setiembre 25, 2011

Demasiado viejo para el rock and roll (demasidado joven para morir). Antología de relatos sobre leyendas del rock and roll



Hace un par de meses acepté la invitación de Editorial Irreverentes a participar en esta peculiar selección de relatos sobre rock and roll. Presenté un breve relato dedicado a Bob Dylan, leyenda viva del tipo de rock con el cual sobreviví mis años universitarios en los duros años noventa en Lima. El relato es una versión revisada de un texto que aparece en mi novela Las puerta (Lima, 2002), donde también incluí otro sobre Jim Morrison, el rey lagarto del rock. Bajo la nota de los editores, posteo el relato y una foto mía de esa época, tomada en uno de los cafés de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.      




"Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir" es el título de la canción más conocida de Jethro Tull y el de este libro que reúne relatos en homenaje a una música que cambió la forma de vivir de muchísimos adolescentes a partir de la década de los 60 del S.XX.

En esta antología de relatos nos encontramos con las canciones que nos hicieron soñar de Asfalto, Serge Gainsbourg, Trust, Barón Rojo, Pink Floyd, Bob Dylan, Elvis, U2, Frank Zappa, Héroes del Silencio, Mark Knopfler, y con estilos como el reggae, el rocanrol guitarrero y liviano de los escenarios provisionales de la España de los 70 o los sonidos más góticos y obscuros de actualidad; con los enfrentamientos generacionales entre padres e hijos con distintos gustos y formas de ver la vida, con las salas en las que comenzamos a escuchar música en la adolescencia y que siguen siendo nuestros escondrijos treinta o cuarenta años después. También hay quien medita sobre la pérdida de aquellos años y aquellos ritmos y cómo el espíritu queda vacío y no hay más ganas de vivir. El rock es parte de nuestras vidas y tras sus acordes cabe todo, también la nostalgia.

Y participan tres músicos con sus propuestas aberrantes. César Strawberry, líder de Def Con Dos, medita sobre el poder del reggae y las rastas como afrodisíaco; el cantautor y prestigioso compositor Joaquín Lera nos conduce en un viaje alucinógeno de más de dos décadas a través del rock que hemos vivido y que nos ha hecho gozar, y cierra el libro el cantante de Siniestro Total, Julián Hernández, que nos aconseja que no empecemos a chuparnos las pollas todavía. Rock radical, conceptual, espiritual, festivo y agresivo, sin respeto por todo lo respetable, llena las páginas de este libro que nace con la finalidad de invitarte a leer un relato mientras cambian los instrumentos en cualquier macroconcierto, o en la tranquilidad de la noche, cuandorecuerdas aquellos tiempos en que fuiste un hijo del rock and roll.

Autores:
Miguel Ángel de Rus, Julio Fernández Peláez, Carlos García Miranda, César Strawberry, Violeta Sáez, Carlos Ortiz de Zárate, Carolina Sánchez Molero, José G. Cordonié, Eva María Cabellos, Josebe Iturrate, Paloma Hidalgo Díez, Leopoldo F. Espínola, Cristina Ruberte-París, Joaquin Lera, Tomás Pérez Sánchez, Andrés Fornell, Julián Hernández.  


ENCUENTRO CON BOB DYLAN





BOB ESTABA AL OTRO LADO DEL BAR TOCANDO SU PANDERETA. De lejos se veían las luces sobre su frondosa cabellera judía. Estaba deseoso de llegar hasta él y decirle que tenía toda su discografía. Pero esas muchachas pintadas de azul impedían cualquier aproximación. Desistí de intentar llegar hasta él. Fui al fondo del bar y pedí una cerveza. Bebí rápido. Alguien se sentó a mi lado.

-¿Tienes cigarrillos?, balbuceó.

- No amigo, yo sólo fumo cuando me invitan, dije.

El tipo sonrió y se largó. Al rato apareció otro. Dijo que era poeta y que además era mi amigo.

-¡No tengo amigos poetas, sólo tengo amigos!, grité.

El tipo, un negro flaco y desgarbado, me miró con sus enormes ojos de sapo, balbuceó algo, creo que un verso, y también se largó. En verdad yo estaba con bronca. Me reventaba no estar al lado de Bob. Me sabía todas sus canciones. No era justo, yo debería estar ahí y no esas ladillas azules. Seguí bebiendo mientras todo se tornaba agitado y violento. ¡Mierdas, ustedes no saben nada de Bob!, volví a gritar desde mi rincón. ¡Malditas putas, lárguense y déjenme solo con Bob!, insistí. Pero nadie me hizo caso. No importa, balbuceé, ya nos encontraremos, viejo tamborilero, y esta vez no habrá ni luces naranjas ni muchachas azules entre nosotros. Así seguí en esa noche soleada, hasta que Bob apareció delante de mí.

-¡Hey tú, muchacho! –gritó. ¡Soy Bob!

-¿Bob? ¡Diablos! Yo te conozco –dije-, tengo toda tu discografía, un amigo me inició en tu música.

-¿Ah, sí? Bueno, muchacho, yo sólo vine a decirte que dejes de gritar, que estás cagando la función. ¿Vas a dejar de gritar, amigo?

-Claro, no faltaba más.

-¡Qué buen muchacho!

-Así dicen, pero es porque no conocen mis zonas oscuras.

-No digas, es difícil de creer.

-Sí, hice algunas cosas feas hace un tiempo de las cuales no quiero hablar.

-Bien, sea como quieras, pero sólo recuerda que siempre habrá una canción mía en tu corazón.

-Sí. Eso lo sé desde que escribí un poema escuchando Mr. Tambourine Man.

-Ah, lo hiciste.

-Sí.

-Fenomenal chico. Pienso que de eso se trata todo este asunto.

-Oye Bob, ¿no te cansas de tocar para esas estúpidas muchachas azules?

- ¿Y qué quieres amigo? Es el sistema, ¿no? Además, yo soy judío y estoy acostumbrado a esto.

En ese instante, Bob me mostró su larga cara pecosa. Era Bob, no había duda. Luego se marchó a seguir tocando. Y yo seguí bebiendo. Ya no sólo por todas esas cosas que me pasan, sino también por Bob, que tampoco puede hacer nada contra el sistema. Casi al amanecer levanté la vista y vi que Bob seguía en su rincón dándole a la pandereta. Las chicas azules se habían largado. Sólo algunos tipos estaban tirados en el suelo ebrios hasta el culo. Me acerqué a Bob. Su figura delgada dibujaba una débil sombra en la pared. ¡Hey, Bob, soy yo! No respondió. Seguía tocando su pandereta. Cuando estuve a un par de metros volví a llamarlo, pero igual no respondió. Luego supe el motivo. El pobre Bob estaba encadenado a su micrófono. Su pálido rostro se deshacía de cansancio. ¿Es el sistema? Él levantó débilmente la mirada. Inmediatamente entendí que era todo lo que había que ver. En la calle sentí náuseas, quise golpear a mucha gente, pero me contuve, y traté de olvidar todo esto lo más rápido posible. Hasta ahora sigo intentando olvidar para siempre esa cara de judío pecoso tocando su pandereta, pero es difícil, muy difícil, sobre todo cuando de algún lugar me viene los acordes de Blowin` in the wind.

De la novela Las puertas (Lima, 2002)




Carlos García Miranda. Foto tomada por Manuel Huapaya en un café
del campus universitario de la UNMSM (Lima) en 1990.

viernes, setiembre 02, 2011

Un nota sobre mi novela Las puertas



jueves, agosto 25, 2011

"Ruido Adentro", relato finalista en el VIII Premio Internacional Sexto Continente de Relato Breve (Madrid, 2011)

Nota de prensa
Los ganadores del VIII Premio Internacional Sexto Continente de Relato Breve, elegidos entre los 214 relatos llegados de 28 países, son: Melanie Taylor Herrera, de la República de Panamá, por Psicopatología feminista, una versión radical de las Mil y una noches; e Iván Teruel, de España, por El fiscal, una historia impactante sobre la pederastia en la Iglesia. Los finalistas han sido Julio Fernández Peláez Mención especial del jurado (España) por Adoquines, relato sobre la necesidad de la indignación; Carlos García Miranda (Perú) por Ruido adentro; Aurelia María Romero Coloma (España) por El espejo; Kalton Harold Bruhl (Honduras) por El predicador; Salvador Robles (España) por La filósofa y el matemático; Pilar Zapata (España) por La recompensa; Juan Manuel Ortiz Taberna (España) por Limitado Albedrío; Mariana Enriqueta Pérez (Cuba) por Los diablos se reúnen los jueves. Las dos obras ganadoras serán incluidas en el libro de Ediciones Irreverentes Microantología del Microrrelato III. Una vez más, la editorial quiere felicitar a los alrededor de 50 autores que han enviado relatos publicables por su calidad. Es sorprendente la gran calidad de los microrrelatos, si se compara con la mayoría de textos (800 originales en 2010) que llegan al comité de lectura http://ediciones-irreverentes.blogspot.com/2011/08/los-2-ganadores-del-premio-sexto.html 



RUIDO ADENTRO



EN LA MADRUGADA ELLA SINTIÓ UN RUIDO tras la puerta de su habitación. Un ruido en el corredor. Esperó unos segundos arropada en su cama. El ruido continuaba ahora en la sala. Estaba segura de que era en la sala. Entonces se levantó. Fue hacia la puerta. Se apretó contra ella. El ruido seguía. Esta vez en la cocina. Ella volvió a su cama. Sin éxito buscó algo en su velador. Insistió debajo de su cama, su almohada, entre sus sábanas. Nada. Luego, se quedó mirando largamente la puerta. Al otro lado, el ruido proseguía en toda la casa.

POR LA MAÑANA ELLA ESTABA EN LA COCINA. Sorbía lentamente su café. Sorbía mientras miraba al otro untar un pan con mantequilla.
- Ya no quiero seguir aquí -dijo ella mirándolo por sobre la taza de café.
-No te asustes, ya pasará – trató de calmarla el otro.

Ella sintió su café frío. Puso la taza sobre la mesa húmeda y grasienta. El otro dejó de untar más mantequilla en su pan. Dio un mordisco. Desde la ventana caía un rayo de sol. El rayo llegaba hasta los pies de la muchacha.
- Tal vez podríamos rentarla - dijo el otro mordiendo su pan.
-¿A quién?
- A cualquiera.
- ¿Y los ruidos?
- No diremos nada.

Ella dejó de mirarlo. Sonrió. El rayo de sol encendía ahora su larga cabellera castaña.


EL OTRO LA MIRABA MIENTRAS SEGUÍA MORDIENDO SU PAN. Ambos se miraban. Lo hacían para dominarse. Ella no quería ceder, pero él continuaba insistiendo. A ratos era como un ruido en su cabeza. Un ruido que iba de un lado a otro, como aquel ruido de la madrugada anterior.
-¿Eras tú, no? –dijo ella.
-¿Qué?
-No te hagas, eras tú el de los ruidos.

Un poco turbado, el otro dejó de morder su pan. Lo dejó a medio consumir sobre la mesa. Lo dejó y salió. Ella lo vio a cruzar a través de la puerta. Sintió sus pasos en el corredor, la sala, su habitación, el baño, nuevamente la sala, el corredor...


HABÍA LLEGADO LA NOCHE Y ELLA SEGUÍA EN LA COCINA. Estaba sola y temblaba. Sola y mordiéndose los nudillos. Mordiéndolos como si fueran un pan. Un pan ensalivado y lleno de mocos. Ella mordía sin dejar de mirar hacia la puerta. Detrás, el ruido, otra vez incesante, se escuchaba en toda la casa.

De Superfícies 

viernes, marzo 18, 2011

Antología del relato negro III

Antología del relato negro III

(Narrativa, 87)


Comparto con Uds. la nota de prensa que da cuenta de la publicación Antología del relato negro III (Madrid, Editorial Irreverentes, 2011), donde incluyen mi cuento "Balada del asesino romántico", uno de los ganadores del IV Premio Sexto Continente de Relato Negro Ediciones Irreverentes y el programa Sexto Continente, de Radio Exterior de España.

Nota de prensa

La Antología del Relato Negro III no se ciñe al arte novelado de matar ni al mundo del crimen profesional, ni siquiera tiene mucho que ver con los textos que originalmente se publicaron en la revista Black Mask de EEUU y en la colección Série Noire francesa.
Ediciones Irreverentes hace una propuesta vanguardista de la Serie Negra presentando las nuevas tendencias que ofrecen los escritores más actuales: fusión de relato negro con erotismo, con realismo social, crímenes en serie, el relato negro influido por los medios de comunicación, perversiones psicológicas, además de incluir una amplia selección de jóvenes autoras que presentan sus respectivas visiones del género.
Ediciones Irreverentes ha reunido a escritores de España, Argentina, México, Perú, Nicaragua y Honduras. Junto a los nuevos valores, están presentes en esta antología clásicos actuales como Francisco Nieva, Horacio Vázquez-Rial, José Luis Alonso de Santos o Joaquín Leguina, entre otros. Un lujo para los amantes de la buena literatura.
Esta obra se une a las Antologías del Relato negro I y II, anteriormente publicadas por Ediciones Irreverentes, conformando una amplísima selección del relato negro hecho en los últimos cien años, incidiendo en esta ocasión más en las vanguardias.
Los amantes del género negro tienen en esta selección de textos la seguridad de disfrutar durante un buen número de horas de las historias más tétricas, oscuras y criminales.


AUTORES QUE HAN PARTICIPADO:
• Sasi Alami • Joaquín Lloréns • Fabricio de Potestad • Horacio Vázquez-Rial • Andrés Fornells
• Carlos García Miranda • Rodrigo Pardo Fernández • Kalton Harold Bruhl • Manuel A. Vidal • Teresa Galeote
• Jaime Palacios • Carolina Sánchez Molero • Francisco José Peña Rodríguez • Joaquín Leguina • Isaac Belmar
• Manuel Villa-Mabela • Álvaro Díaz Escobedo • María Zaragoza • Cristina Padín • Eva Díaz Riobello
• Rosario Martínez • Alejandro Ruiz • Salvador Robles • Mario Cuenca Sandoval • Daniel Barredo
• Joseba Iturrate • José Luis Alonso de Santos • Elena Marqués • Arquímedes González
• Carlos Augusto Casas • Mila Guerrero • Thais Nadal • Francisco Nieva • Miguel Ángel de Rus

Carlos García Miranda (En Salamanca, España, haciendo el brindis de rigor)

jueves, abril 29, 2010

CONVERSATORIO SOBRE LITERATURA PERUANA EN LA BNP


Este viernes 30 desde las 19.00 horas
LITERATURA PERUANA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL DEL PERÚ
El ingreso es libre


Con el propósito de reflexionar y discutir temas relacionados con los nuevos sujetos, imaginarios y perspectivas que están surgiendo en la literatura peruana del presente siglo la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) realizará este viernes 30 de abril la Mesa Redonda “La literatura peruana del siglo XXI: nuevos sujetos y perspectivas”.

En la actividad que también tiene propósito dar a conocer las últimas propuestas teóricas y críticas que ayudan a comprender los nuevos derroteros de la literatura y la cultura en nuestro país estarán como ponentes Milagros Carazas (Universidad Nacional Mayor de San Marcos), Carlos García Miranda (Universidad de Salamanca, España), Elton Honores (Universidad San Ignacio de Loyola) y Richard Leonardo (Universidad Nacional Federico Villarreal).

Milagros Carazas es investigadora de la tradición oral y especialista en literatura afroperuana. Es Magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana así como docente del Departamento Académico de Literatura de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Carlos García Miranda es Magíster en Filología Hispánica por el Instituto de Lengua Española (Consejo de Investigaciones Científicas), en Madrid, España, becado por la Fundación Carolina

Elton Honores es Licenciado en Literatura (2008) por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con su tesis titulada: El cuento fantástico en la narrativa del cincuenta: 1950-1959. Richard Leonardo Loayza es Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional de San Agustín y ha realizado estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

La actividad se realizará en el horario de 19.00 a 21.00 horas en la Sala “Jorge Chediek” de nuestra Sede San Borja de la BNP (Av. De la Poesía 160, cerca de la intersección de las avenidas Javier Prado y Aviación). El ingreso es libre. Para mayor información comunicarse al teléfono 513-6900 anexo 7253.

domingo, noviembre 15, 2009

UTOPÍA NEGRA, nuevo libro de Carlos García Miranda

Fondo Editorial de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos acaba de editar UTOPÍA NEGRA, un estudio sobre la obra narrativa de Antonio Gálvez Ronceros, escrito por Carlos García Miranda, docente de la decana.



Carlos García Miranda (Lima, 1968). Ha publicado el libro de relatos Cuarto Desnudo (Primer Premio en los Juegos Florales Universitarios, en Perú), y la novela Las Puertas (Finalista en el Premio Nacional de Novela Federico Villarreal, en Perú). Es Magíster en Filología Hispánica por el Instituto de Lengua Española (Consejo de Investigaciones Científicas), en Madrid, España, becado por la Fundación Carolina; Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), de Lima; y actualmente es candidato a doctor por la Universidad de Salamanca, institución donde realizó estudios de doctorado gracias a una beca por convenio institucional entre la UNMSM y la Fundación Carolina. Además ha participado en congresos literarios celebrados en Perú, Chile, Bolivia y España, y ha publicado artículos especializados en diferentes revistas. Es docente universitario en la UNMSM, Lima, Perú.

jueves, julio 16, 2009

MUJER EN LA VENTANA




UNA MUJER SENTADA AL BORDE DE LA CAMA mirando largamente hacia la ventana. Esa soy yo. Una mujer que mira un cielo atravesado por cortinas blancas. Un cielo de madrugada y sin estrellas. Un cielo indefinido. Veo cómo la poca luz que atraviesa la ventana cae sobre mis muslos y pechos desnudos. Tras de mí, siento la respiración de mi marido. Ha llegado tarde y cansado a casa. Le sonreí y le serví la comida. Intercambiamos unas palabras, luego unos besos y caricias. Después, en la penumbra, esa cosa rara hormigueando en mi vientre. Esa cosa que roe mis tripas y me hace sentir vacía. Estoy ahí tendida al lado de un hombre al cual ya no reconozco. Sé cómo se llama, dónde trabaja, quién es su madre, toda su puta historia de vida. Pero me sigue pareciendo un extraño. Sin embargo, estoy aquí, con él. Lavo su ropa, respondo a sus gemidos, digo a todos que lo amo, le hago sentir que lo amo, también lo digo en las reuniones de amigos y familiares. Y en las noches, como ahora, mientras veo hacia la ventana, se convierte sólo en una frase, una frase sin brillo, muerta. ¿Qué me está pasando? ¿Acaso soy una especie de reptil que está mudando de piel? ¿Acaso no soy lo que digo que soy?... A veces pienso que soy otra. En mi interior soy otra. Otra que mira el mundo desde un pozo negro y hediondo. Otra que no dice “mi amor”, sino “miserable, maldito cabrón, lárgate de mi vida”. Tampoco “hola mami”, ni a mi hermana “que lindo tu brassier”, sino vieja estúpida, por qué hiciste que mi padre nos dejara, seguro porque eres pésima en la cama, no sabes hacer que te cachen, no sabes lo que es lamerle los huevos a tu hombre, maldita frígida, gorda imbécil. Y a mi hermana, sí cojuda, arrecha de mierda, ponte esos jeans apretaditos, calienta los huevos del primero que se te planta enfrente. Fríelos. Hazlo tortilla. Luego te los comes en un hotel de tres o cuatro estrellas. Haz que te dé por el culo. Y luego bótalos como a basura. Invéntales una historia, que te gusta ser independiente, que tu madre te dijo, que seamos amigos. Todo eso quiere decir la otra, la otra-yo. Pero no la dejo. La encierro con los botones de mi blusa. Ella grita, es la que de pronto suelta la cuchara, tira al piso un plato, dice una frase incorrecta o pide que mi marido le diga palabras sucias. “Dame un beso negro, papito, bésame el culo, muéstrame tu pinga, dame tu leche, papito”, y después entro y lo apago todo: “Déjeme descansar amor, tengo sueño, me duele mucho, tenme paciencia, amor”. ¿Qué puedo hacer?



¿CUÁNDO COMENZÓ ESTO? CIERRO LO OJOS. Abro la boca. Aspiro. Y trato de recordar. Veo nubes púrpuras. Grandes edificios. Autos, muchos autos. Boletos de microbús. Escenarios. Cafés. Innumerables cafés. También cuartos de hotel y parques, casi siempre solitarios y pelados. Pero no logro verlo a él. Tampoco me veo yo. Insisto. Cierro más lo ojos. Me tapo la boca con los dedos. Nada. Finalmente, todo se expande y desaparece, como si fuera de humo. Tal vez empiece hoy. Sí, esta misma noche en que no puedo dormir ni dejar de ver por la ventana. Hoy en que fui una vez más la esposa correcta. Incluso en el trabajo una compañera, a la hora del almuerzo, me puso de ejemplo. Yo sonreí. Y estuve agradecida. Pero luego, ya de regreso a casa, comenzó esta suerte de debilitamiento. Esta cosa rara que me oprime el pecho y me hace sentir como encerrada en mí. ¿Yo la esposa perfecta? ¡La esposa perfecta!.. Tiemblo de sólo pensar que me he convertido en eso. Tiemblo del labio superior al inferior. Es un temblor casi orgásmico, muy similar al que sentí cuando conocí a mi marido -¡marido! No recuerdo con exactitud los eventos, pero sé que fue una noche sin luna, ni viento ni nada. Iba con él a algún lado. Podría ser a su casa como a la mía. Sentía que ambas posibilidades eran irrelevantes. Lo importante era que caminábamos juntos hacia algún lado. Caminábamos casi sin mirarnos. Pero de rato en rato él rozaba mis manos con las suyas. Las rozaba. Y creo que fue producto de ese rozamiento que fue apareciendo ese raro temblor. Un temblor que comenzaba en las rodillas e iba subiendo hasta mis labios. No hubo besos ni abrazos esa noche. Recién ocurrió en la cuarta cita, como debía ser –según mi madre. Sólo quedó la resonancia estomacal de aquel temblor. Un largo temblor que sólo fue apaciguado un mes después, cuando lo tuve entre mis piernas, sudoroso y agitado, y loco por mi.



MI HISTORIA PUEDE PARECER SIMPLE: una mujer bien criada, con estudios en colegio de monjas y un titulo universitario. Eso quería mi madre, y eso soy ¿Qué soy? Un espejismo. Mi espejismo. Yo nunca quise ser una mujer bien criada. Tampoco nada de lo soy ahora. De joven, recuerdo, miraba desde mi ventana a los muchachos. Eran altos y robustos. Y me gustaban. No solo eso. Se me mojaba el calzón de tanto frotar muslo con muslo mientras los veía con el torso desnudo, bajo el sol. Los deseaba tanto. Y tan íntimamente. Pero la voz de mi madre estaba ahí, en algún lugar de la casa y de mi cuerpo. Y hacía que dejara de frotarme y cerrara las ventanas, los botones de mi blusa y el cierre de mi jean. Así pase veinticinco años de mi vida. ¡Qué vida! Primero fueron las malditas monjas, que me tenían en el colegio hasta las tres o cuatro de la tarde haciendo mil cosas. Luego mis amigas cristianas de la universidad, “protegiéndome” de cualquier muchacho. Y ahora mi marido, que controla mis salidas y entradas, mis sábados y domingos. Y todo se lo debo a mi madre. A lo “bien” que me crió.


DEBEN SER LAS DOS O TRES DE LA MADRUGADA. Y sigo tendida como una muerta en mi cama mirando hacia la ventana. Una muerta que respira, piensa que vive, dice que vive, parece que vive, hace como que vive, pero no vive. Es una muerta metida en un cuerpo que suda, se mueve, habla, hace el amor, da caricias. ¿Siempre fue así? Digo, ¿acaso mi madre, mi abuela, todas las mujeres del mundo pasaron por esto?...


A RATOS PIENSO QUE ESTA SUERTE DE DEBILITAMIENTO comenzó en los supermercados. No es que odiara ir de compras. En realidad me gusta, incluso desde niña, cuando acompañaba a mamá. Pero desde hace unos años es distinto. Mientras camino con mi carrito lleno de comestibles no puedo evitar fijarme en la fila de mujeres de todas las edades haciendo lo mismo. Hay adolescentes, jóvenes, mujeres maduras y ancianas. La mayoría son mujeres maduras. Se nota en sus carnes flojas y su andar cansino. Y aquí viene el debilitamiento. Me veo en ellas. No puedo evitarlo. Las siento como un espejo. Una proyección de mi vida dentro de unos diez o quince años. Eso me mata.


MI MARIDO ME AMA. O cree que me ama. Tal vez necesita creerlo. Así su vida se completa: treinta años, una profesión, una esposa, una casa, una cuenta de banco, amigos, familia, hijos –que aún no tenemos-, y nada más. Lo que sigue es la espera. La feliz espera de la muerte. ¿Pensará así realmente? ¿O tendrá una doble vida? Nunca encontré algo que me haga dudar de su fidelidad. Precisamente, por eso me sorprende la duda. Debería haber hallado algo. Todas mi amigas han encontrado cosas en los bolsillos de las chaquetas y pantalones de sus maridos: facturas de restauran cuyo consumo es de dos, boletos dobles para el cine o el teatro, pañuelos delicados, sobres de condones en la billeteras, y hasta cartas o pequeñas tarjetas con una calle y un número. Pero yo nunca he encontrado nada. Quisiera encontrarlo. Quisiera tener la sensación del engaño. Y llorar, insultar, romper cosas, gritar, largarme de casa por unos días. Luego podría regresar. Podría perdonar. Este matrimonio perfecto, que es sinónimo de monotonía, me está matando. Siento que vivo en una casa donde no corre el aire. Todo está sumido en una quietud espantosa. Y más cuando lo siento entrar a la habitación, desnudarse y meterse en la cama. Anticipo mentalmente sus movimientos. Una mano en mi pierna, otra en mi pecho, y su lengua deslizándose por mi cuello. Debo cerrar los ojos, sonreír y voltearme hacia él. Y lo hago. Antes de sentirlo entre mis pernas, ya lo siento. Entonces gimo, río, hasta grito. Veo su rostro a media luz, deformado, con los mechones de cabello en la cara. No lo reconozco, pero sé que es mi marido. Sé que luego lo tendré al lado derecho de la cama. Sé que me contará lo que hizo en el día. También lo que hará y yo haré al día siguiente –pagar cuentas, comprar cosas, arreglar ventanas, cocinar fréjoles o asado. Finalmente se quedará dormido. Sentiré su respiración. Sus leves ronquidos. Y otra vez me veré como ahora, silenciosa, mirando hacia la ventana.


Finalista en el 4° Certamen Internacional de Relato Breve - 2007, organizado en España por el portal La Lectora Impaciente (www.lalectoraimpaciente.com).

sábado, junio 13, 2009

PRONUNCIAMIENTO



Frente a los hechos ocurridos desde la madrugada del 5 de junio de 2009 en la provincia de Bagua, los docentes universitarios de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, expresamos lo siguiente:

1. Respecto a la Amazonía no solo reina el malentendido, sino también el deliberado desconocimiento por parte de las clases dominantes, criollas y mestizas. No se quiere saber de su población, de su cultura ni de sus formas de vida, como si fueran incomprensibles e ininteligibles: ella siempre ha sido extraña y amenazadora para esas clases. Sin embargo, si bien es cierto que en los últimos tiempos se ha producido un acercamiento y una aceptación, y se ha pensado en políticas de asimilación —etnocéntricas—, lamentablemente con las políticas del APRA se ha retornado de un modo absolutamente cínico a modos de planificación de estirpe colonial, bajo el sustento de un modelo económico que supone que el único sistema concebible y el único mundo posible es el formado alrededor de la economía de mercado.

2. Lo dicho explica la falta de voluntad política, el desinterés y la incompetencia de las autoridades -el Congreso, el Ejecutivo, el presidente de la República, el premier, la ministra del Interior —para resolver el conflicto social que se inició hace más de 55 días, el cual ha llegado a un triste desenlace con la terrible muerte de policías y civiles.

3. Explica también la actitud condenable del presidente Alan García y del gobierno aprista por no asumir autocríticamente su responsabilidad política en estos terribles hechos, y limitarse, por un lado, a culpar de lo ocurrido a una conspiración extranjera que según ellos estaría manipulando a las poblaciones nativas y, por otro, a difundir sistemáticamente una propaganda torpe y encubridora.

4. Por eso nos solidarizamos con los pueblos indígenas de nuestra Amazonía, que desde hace más de un año vienen luchando por la derogatoria de decretos inconstitucionales que atentan contra sus legítimos derechos y que han sido aprobados sin atender al derecho que sus pobladores tienen de ser consultados sobre decisiones que afectan sus vidas, desconociendo convenios internacionales como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas.

5. Hacemos un llamado a la unidad de las fuerzas realmente democráticas para apoyar a los pueblos de la Amazonía y enfrentar a los grupos interesados en tomar posesión de sus territorios.


Lima, 12 de junio de 2009


Santiago López Maguiña (Literatura)
Dante Dávila Morey (Filosofía)
Dorian Espezúa Salmón (Literatura)
Mauro Mamani Macedo (Literatura)
Javier Aldama Pinedo (Filosofía)
Aníbal Campos Rodrigo (Filosofía)
Milagros Carazas Salcedo (Literatura)
María Cortéz Mondragón (Linguística)
Manuel Conde Marcos (Linguística)
Gonzalo Espino Relucé (Literatura)
Camilo Fernández Cozman (Literatura)
Carlos García – Bedoya Maguiña (Literatura)
Carlos García Miranda (Literatura)
Oscar García Zárate (Filosofía)
Antonio González Montes (Literatura)
Guisela González (Literatura)
Miguel Maguiño Veneros (Literatura)
Carlos Mora Zavala (Filosofía)
Javier Morales Mena (Literatura)
Hildebrando Pérez Grande (Literatura)
Miguel Polo Santillán (Filosofía)
Rosalía Quiroz Papa (Bibliotecología)
Humberto Quispe Hernández (Filosofía)
Saúl Rengifo Vela (Filosofía)
Álvaro Revolledo Novoa (Filosofía)
Moisés Sánchez Franco (Literatura)
Marcel Velásquez Castro (Literatura)
Yolanda Westphalen Rodríguez (Literatura)

martes, junio 09, 2009


domingo, junio 07, 2009

HADA




LA LUNA SE CORTABA EN PEDACITOS, como terrones de azúcar. Y yo la veía caer tras los vidrios de la ventana. La veía caer sentado en el último rincón de ese bar maloliente -que olía a orín de gato, excremento de perros, ratas y demás animalejos- mientras esperaba que Hada apareciese en el marco de la puerta marrón. Cada cierto momento volteaba a ver si su larga figura de farol cansino aparecía. Pero siempre eran esos rostros achinados y violentos, con figuras fofas o enclenques que aparecía en la puerta y eran iluminadas por la poca luz del candelabro de metal que colgaba en medio del bar. Podía haberla esperado en la plaza de las palomas muertas o en el puente quebrado a las afueras de la ciudad. Incluso, bajo las torres de color azafrán en la calle Medinacelli. Pero ella me hizo el gesto del bar: hundió su dedo en su boca babosa y sonrió. La vi hacerlo en medio de ese jardín lleno de lirios y amapolas. No sé cómo llegamos hasta ese lugar. Como ocurre en todos mis sueños, las cosas aparecen y desaparecen, y uno está en un momento en medio de la luna o en una calle desierta, y en otro bailando bajo una luz mortecina danzas extrañas, lleno de gestos difíciles de entender. Por ejemplo, desde hace años me atormenta un gesto que vi hacer en una de esas danzas: se trataba de exponer el pecho desnudo, y hundir el dedo mayor en uno de las axilas. Luego el juego con la lengua, la risa y el chillido casi animal. ¿Qué significa? Hada piensa que se trata de la huella de algún registro prohibido. Fíjate en las partes de los cuerpos que se presentan –me dijo-: pecho, dedo, axilas y lengua. Corresponden al nivel superior de cuerpo. Por ello pienso que son registro oficiales prohibidos. Los no-oficiales tienes que ver con la parte inferior del cuerpo: ano, pene, pies, rodillas, abdomen. Esos son los más complicados, pues anticipan viajes a lo más prohibido. Viajes a los lugares donde habitan las cosas más terribles, como la muerte. Por ello Hada me cito en este lugar: el bar. Lugar superior.


MI HISTORIA IMPORTA POCO AHORA. Diré solamente que me gustan los geranios en el instante preciso de su muerte. Cuando sus hojas están renegridas y sus tallos pelados por el smog y el mal tiempo. Geranios marginales del mundo. Lo que vino después ya es menos relevante. Un par de años en casa de mis padres, que fueron los años más inútiles de mi existencia. No puedo explicar ni contar nada de esa época, sólo decir que era como vivir en un cuarto blanco. Luego vino la vida en las calles de la ciudad. Una ciudad llena de callecitas malolientes, puentes quebrados y pequeños jardines con mala hierba. La gente es de lo más rara. Habitan en cubículos de uno o dos metros cuadrados. Ahí pasan la mayor parte del día. Casi al atardecer salen. Y las calles se llenan de figuras pequeñas y rechonchas. También largas, jorobadas y cansinas. Y siempre esa mirada de desazón. Siempre que miran a los ojos preguntan. Son miles de preguntas a la vez. A veces trato de contestar una. Generalmente no doy con la respuesta, aunque insisto, pero me es imposible atravesar esas oscuridades. Un día de esos encontré a Hada en una placita llena de palomas muertas. Ella trataba de juntarlas para luego quemarlas. No pudo porque apareció el guardián de las palomas muertas y tuvimos que salir corriendo. Mientras corríamos y escuchaba su respiración a mi lado, sentí que ambas –mi respiración y la suya- de algún modo se comunicaban. Luego, ya cansados por la huida, nos sentamos en una piedra, junto a un puente. Allí ella me contó trozos de su vida: una muerte, dos muertes con apenas tres años, luego vino lo de los lirios frescos, donde perdió y ganó mucho dinero, y los viajes a diferentes ciudades. Estuvo en la ciudad de las torres y el gran río, en la de las casas de los muertos, la ciudad hormiguero, la ciudad casita de muñecas, y la otra, la que daba al mar, como las ventanas de una antigua casa. En todas comió pescado y chuletas de cerdo. También ensaladas y tomó mucho vino. Y, por supuesto, encontró almas que tocaban la suya, pero nunca lo suficiente como para hacerse una. Así vivió muchos años, hasta que un mal viento la trajo de vuelta a esta ciudad. Las primeras semanas fue presa de la desesperación, luego la histeria, la rabia. Y quiso volver a irse. Pero esta vez ya no había vientos favorables. Entonces tuvo que hundirse en un cuartito de uno por uno, y vivir de almendros y palomas muertas de pena. Así la conocí.


LLEVAMOS ENTRANDO Y SALIENDO DE NUESTRAS VIDAS como cinco años. En ese lapso he podido descifrar la simbología de su pecas en la espalda, la mugre de sus uñas, y el rancio sabor de su boca a las tres de la madrugada. Hora de los gallos y las luces de neón. Ah, esas horas, donde sentados en las banquetas de “agosto” –así la llamamos por nuestra manía de renombrar los objetos de acuerdo al mes o día en que lo encontramos-, vemos cruzar luciérnagas y gatos blancos resplandeciendo en los huecos de la ciudad. Siempre vamos de banqueta en banqueta, también de bar en bar, y de luz en luz. Somos seres extraños, lo sé. La gente nos lo hace saber a cada rato. Nunca nos echan, pero nos apartan con sus miradas de setiembre en plena lluvia. Hada dice que lo hacen porque en el fondo les atraemos. Quisieran ser como nosotros, pero algo les duele en la punta del pecho o en el lado oculto de sus pies. Y nos dejan pasar, nos dejan sentarnos, nos dejan vivir, sólo para vernos de lejos, como quien contempla un cuadro o una fotografía de algún lugar que desearía ir, pero sabe que nunca lo hará. Una prolongación de sus sueños y deseos. Eso somos para esta gente de saco marrón y zapatos de cuero azul. Una vez, sentado a la orilla del riachuelo mayor, al lado de la plaza de los cerdos sin destazar, uno de ellos se nos acercó pensando que éramos adivinos. Nos preguntó por una mujer a que amó locamente, también por otra que odió al punto de querer matarla. Incluso, preguntó por el tipo que cobra los impuestos, al que le debía la vida entera. Hada lo miró desde el ángulo más alto posible, y le dijo que la mujer que amó vive en una pequeña ciudad a tres kilómetros de aquí. Vive sola. Y lo único que quiere es seguir así. Sola. “Al parecer –le dijo- algo descubrió en ti, acaso tus bolas de macho viejo o las cerillas de tus orejas peludas, qué se yo, algo que la espantó de tal modo, que no quiere saber nada del mundo. Te aconsejo que la dejes, porque puedes provocarle la muerte”. No recuerdo qué le dijo sobre la otra mujer, pero por los gestos que hacía debió de ser algo terrible. Vi cómo Hada hundía sus pies entre sus pechos y se retorcía en el piso como una serpiente. Luego, ya erguida, le recomendó ir a matar al recaudador de impuestos, pues si no lo hacía, el recaudador lo haría con él. Ya cuando el tipo se hubo marchado, pregunté a Hada qué era todo eso que le había dicho. Ella me miró como esa mirada de jueves de ceniza. Y hundió su lengua en mi nariz. Señal de que debo callarme. Estábamos entrando en lugares prohibidos. Ambos sabíamos que si insistía en eso, pronto nos veríamos en medio de las cavernas laberínticas de la confusión. No sabría quién es ella ni quién soy yo. Lo mejor era no seguir y esperar a que todo escampe y la memoria flote, liberada de esas cosas prohibidas, encerradas en aquellos cuartos hediondos que la memoria tiene para secretos que pueden matarnos. Una vez estuvimos a punto de entrar en ella. Fue en la fiesta de luces al final del día de las gacelas en la plaza de los adoquines rojos. “Cuéntame”, le dije. Ella volvió a mirarme. Sus ojos de luciérnaga aprovecharon la poca luz para aproximarme a sus zonas más secretas. Supe de su padre al filo de las tres de la tarde, un martes de enero. Lo vi levantar sillas y mesas, también comer con una voracidad animal. Luego dejó a su papá retozando en un campo pelado, y me contó de sus crepitaciones capilares y de por qué se cortaba las uñas de los pies cada veinte horas. Es por la inercia, decía, por el miedo a quedarme rígida, como una estatua de piedra caliza. Tengo esa impresión –continuó-, esa rara sensación de que si algún día dejo de moverme nunca lo haré más. Así continuó casi hasta el alba. Pero no llegó a las partes prohibidas. Tuvo la habilidad para detenerse a tiempo. Y antes de que su vida entera se abriera como una flor en primavera, o una puerta medieval, me dio una palmada en el hombro izquierdo, y me invitó a caminar por el puente quebrado. Y nos fuimos. Como nunca agradecí ese gesto. Estuve a punto de besarla de pura emoción. Pero me contuve. Y, silencioso, apenas rozando sus manos con las mías, la acompañé.
Cuadro: Dog, por Emil Nolde, 1912.

viernes, marzo 20, 2009

Galería de Arte Pop




Óleo de una muchacha sin sombrero

Imagina que pinto un sol en tu frente
Que la lleno de árboles y plazas
Verás que no es ninguna fantasía
Eres mi mural
Y yo la tarde que te contempla


Caída libre

La torre más alta del mundo está en Lima
Es tan alta,
Que se te va la vida en contemplarla por entera
Más aún
Los pocos que logran llegar hasta su cima
Ya no regresan
Se siguen de frente al paraíso


Girasoles rojos

La muchacha mira hacia la calle
Algo ilumina su rostro nacarado
Fiesta en sus pupilas de alambre
Yo estoy al otro lado
Atravesando con mi lengua sus millones de
Miradas

Imagino un tren con vagones interminables
Estamos encima y sentimos
El viento cayendo redondo en nuestras caras
Pecosas
Ardientes

Los girasoles rojos
Descansan bajo el cielo muerto
Ocultan su luz


Mar

Hay un mar más allá del mar
Sin peces sin vientos

Un mar sin sol, sin sal, sin barcas

Su inmenso fondo metálico
No refleja lunas ni estrellas ni dioses

Un mar que se extiende inabarcable
Como el lomo gris de una ballena
Ardiendo en el desierto


Los navegantes

¿Y si navegamos entre estos autos sin
Que nos importe los semáforos?
Pregunté
Ella hizo sus cálculos
El sol encendía aquellos mechones náufragos
Algo temblaba entre nosotros
Entonces le susurré una historia sobre pájaros
Y navegamos
Un coro de faros y gritos acompañaban
Nuestro ritmo feroz entre las calles
El mundo entero estallaba en luces
Fuimos violentos y audaces aquella tarde
Pero sólo unas cuadras
El viento, los gritos, acaso la voz agitada
De mi compañera
Terminaron por devolverme a mi realidad
De cálculos y semáforos
Y pasamos una tarde aburridísima
Ya sin sol ni temblor ni nada


Monólogo de un pájaro cruzando la lluvia

Soy un pájaro, créanme
Sin alas ni plumas
Tan solo un par de patas cortas e inútiles
¡Pero cómo vuelo!
Corto con la punta de mi pico cielos
Multicolores
Nadie atrapa mi húmedo paso por el mundo

Soy un pájaro
Cuando miro el cielo desde esta altura de años
Y no temo caer

Mis alas de náufrago
Se hunden en la lluvia tierna
Y flotan
Como un raro vaho cortando el viento

De Alado en tierra (Lima, 1998-2005)

Imagen: Peter Blake (Kent, Inglaterra, 1932), Autorretrato.

martes, junio 10, 2008

Un par de cafés para la poesía peruana de los noventa.



Este post está dedicado a dos grupos poéticos peruanos del noventa. El nombre del primero constituye un tropo (antítesis): NOBLE KATERBA, además de sus connotaciones contraculturales (el uso de la letra “K” es muy común entre los punks, por ejemplo). Un buen nombre, digamos, aunque sus integrantes no tengan nada de contraculturales, pero sí de nobles y tal vez, no lo sé, en algún momento hayan podido conformar una caterva (multitud de personas o cosas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor e importancia. Usado en sentido peyorativo [RAE]).

Aparecieron a finales de los años ochenta en la Universidad Federico Villarreal como una suerte de tardío eco del grupo Hora Zero, aunque esto pueda ser una exageración de sus profesores. Y ya sabemos que toda imitación es de mal gusto. Sin embargo, en conjunto, podríamos decir que eran buenos poetas, arriesgados en el uso del lenguaje, conocedores de su tradición, y con un buen par de libros dignos de formar parte de cualquier antología peruana. De pronto, ese fue su problema: era un buen grupo poético peruano. Es decir, marcados por el retraimiento, la mudez, la tristeza y la tonta timidez –o escondida altivez- que ya César Vallejo se encargó de difundir por todo el mundo. Además, como que no iban a tono con una década que empezaba a bombazo limpio, apagones, muertes, lucha armada, represión, huelgas y más huelgas. Tal vez si hubieran sido bohemios a la peruana –es decir, capaces de beber hasta el hartazgo-, más viscerales, más alpinchistas, más descarados para gritar sus poemas más allá de las cuatro esquinas que rodean la Universidad Villarreal –ya sabemos que en el Perú “el que no llora no mama”- hubieran logrado ser no sólo un buen grupo de poetas, sino, acaso, el único digno de mencionar en cualquier historia literaria de los noventas.

Y lo tenían todo: juventud, talento, bellas integrantes, y una pasión indoblegable por la literatura. Sin pecar de exagerado, puedo decir que –como grupo- eran los más dotados intelectual y creativamente de todo aquel mar de poetas jóvenes que inundaron las universidades, centros culturales y bares de Lima. Sin embargo, encerrados en una pequeña y perdida aula de su universidad dejaron que la poesía peruana de esa década transcurra indiferente ante sus versos largos y bien compuesto. Y la década fue despiadada con ellos, casi borrándolos de su historia, recordados sólo por aquellos que alguna vez los escucharon en su pequeña aula universitaria –aula 14-, y los acompañó un par de sesiones, porque no eran tiempos de recitales para amigos, de recitales para nadie. El grupo dejó de ser aquel grupo inicial hacia 1994, más o menos. Algunos perdieron una y otra vez sus poemarios, otros abandonaron la poesía por una página en un diario deportivo, y los más se convirtieron en profesores mal pagados, con libros mal editados a su coste y riesgo. Sólo uno de ellos –la que abandonó primero el barco- logro escribir, publicar y promocionar debidamente uno de esos libros –del grupo- que podrían integrar el índex de la poesía –versión femenina- peruana de los noventa sin que nadie levante la ceja –común en los corrillos literarios limeños. Mención honrosa para un grupo que debió llevarse el primer premio, vaya final.


El segundo grupo nació de un error, y, como sabemos, lo que mal empieza mal acaba. “Bubu” era un dirigente estudiantil de la FUSM a inicios de los noventa y, siendo el flamante secretario de cultura, no se le ocurrió nada mejor para empezar su gestión que realizar un congreso de literatura. Pero “Bubu”, como buen estudiante de sociología, sabía poco, casi nada o simplemente nada ni del tema ni de literatura. Su conocimiento de la cultura comenzaba y terminaba en su grupo folklórico Ñawpamachu, donde tocaba el bombo. Así que, intentando pensar como sociólogo, decidió hacer trabajo de campo y se fue a la Facultad de Letras en busca de estudiantes de literatura que le ayudaran en su empresa. Investigando el asunto –o sea, preguntando a cualquier estudiante que se pasee con un libro en la mano por el Patio de Letras- esa mañana se encontró con un personaje que ni era estudiante de literatura, ni siquiera estudiante matriculado, sino un “alumno libre” al que acababan de prohibirle la entrada a una clase por “carecer de nivel universitario”, o sea, por interrumpir las clases con preguntas, digamos, “fuera de contexto”, y que “Bubu” por verlo con un libro de Rimbaud bajo el brazo confundió con un eximio estudiante de literatura y le propuso realizar su bendito congreso, que al final se llamó “I Encuentro de poesía peruana”. De ese error surgió el Grupo Neón.


Me explico, al falso estudiante de literatura, convertido en el lapso de los cinco minutos que duró su conversación con “Bubu” en el mejor alumno de su promoción por leer a Rimbaud y recitarlo como si se tratara de un vals de Lucha Reyes, poeta joven –jovencísimo porque acababa de nacer- y líder de un grupo que aún carecía de nombre, “Bubu”, no sé si por dejarle el trabajo duro a otro y quedarse con buena parte de los fondos que la FUSM le había prometido para ese evento o, puede ser, porque sucumbió –como muchos, según veremos más adelante- a la consabida labia peruana del susodicho, terminó encargándole organizar la parte “académica” del asunto. Por la tarde, aquel falso estudiante fue en busca de verdaderos estudiantes de literatura y convenció a tres de ellos –buenos estudiantes y poetas en ciernes-, no sólo de organizar la actividad, sino también de formar un grupo. Esa misma noche se fueron al centro de Lima en busca de "inspiración" para el nombre. A las dos de la mañana, ebrios de licor, sueños, pero sin nombre para el grupo, abandonaron el último bar. Caminaron varias calles dando tumbos entre la basura, los coches mal estacionados y niños que se drogaban con Terokal. En la avenida Wilson dos abordaron sus buses y se fueron a casa. Se quedó el falso estudiante y otro que, a pesar de tener más de treinta años, eran el más novato de todos. Precisamente éste, a poco de continuar su ruta hacia el Paseo Colón, se acercó a un árbol para orinar. Entonces el falso estudiante le gritó: “Oe, no seas meón”. El otro volteó, y dijo: “¿Cómo?, ¿neón?, ¿neón?... neón, ¡Neón!”. Y de ese segundo error prostático surgió el nombre. Lo que siguió después es más o menos conocido gracias a la autopromoción de los fundadores, re-fundadores y re-re-fundadores que tuvo este grupo en su accidentada existencia: realizaron el “Encuentro de poesía” como un grupo –apadrinados por Enrique Verástegui- y se disolvieron la misma tarde que terminó el evento; el falso estudiante volvió a fundarlo incorporando a otros poetas; unos meses después, antes de su eminente disolución, el falso estudiante volvió a incorporar nuevos poetas, evitando el cisma; y así, hasta conformar un año después una variopinta fauna de gente de toda estirpe y calaña: surrealistas, indigenistas, coloquiales, sociales, existenciales, marxistas, católicos, monárquicos, puristas, anarquistas, medianamente cultos, totalmente incultos, tímidos, excéntricos, machistas, homosexuales, lesbianas, simplemente imbéciles o alguno que otro con verdadero espíritu de poeta: todo un museo posmoderno o una de esas comidas de siete sabores que se sirve en las carretillas de la Avenida Abancay, como prefieran verlo.

En realidad, lo que logró conformar el falso estudiante de literatura -¡con un solo poema de apenas veinte versos!- nunca fue un grupo poético, sino una suerte de pasarela con luces de neón por donde desfiló el que quiso y como quiso, un maratón de gente ansiosa por salir del anonimato, un carrusel de poetas sin poemas, o sea, como grupo: NADA. La verdad todo terminó mal, incluso para el mismo “Bubu”, quien años después fue incluido en la lista negra del régimen de Fujimori y tuvo que exiliarse en Chile –llevándose unos tapetes hechos por los presos políticos, según algunos de sus camaradas-; el poeta de más talento de Neón –Carlos Oliva- murió hacia 1994 en completo abandono, sin dejar una obra sólida, salvo un manojo de poemas mal editados por el propulsor del vedetismo del grupo –Paolo de Lima-; y la única carta poéticamente “decente” del grupo –Miguel Ildefonso- logró algunos buenos libros precisamente cuando se distanció de Neón, es decir, cuando dejó la farándula y se exilió unos años en Estados Unidos; lo mismo ocurrió con otros que, o bien se distanciaron tempranamente y continuaron su carrera literaria con relativo éxito –como Selenco Vega-, o simplemente en algún tramo del recorrido de Neón giraron en otro sentido y se fueron a casa a escribir su poemario –como Isabel Matta; del resto hay muy poco qué decir, salvo que han engordado, mantienen una familia o empresas, y que de vez en cuando, si amerita poner en el curriculum alguna actividad cultural, mencionan su pasado en Neón. El único que ganó “algo” de todo esto fue el que verdaderamente no tenía nada: no era estudiante de literatura, no tenía poemas, no tenía talento. Sin embargo, se las arregló para ser la ÚNICA cara visible del grupo todo el tiempo que éste duró, haciendo que el resto tontamente trabajara para él. Gracias a eso logró ser incluido en antologías; invitado a recitales; ser la voz parlante de una generación ante sociólogos a los que les importaba un rábano la poesía y sólo estaban en busca de alguna rareza social; y hacerse del nombre de “poeta del Perú, fundador del grupo más emblemático de los noventas”.

Finalmente, agotada toda la ingenuidad de que es posible un peruano –que lo veía como poeta representativo-, en bloque le dieron la espalda, cerrándole el paso hasta en los peores bares del centro de Lima. Sin más opción, llevado por el puro instinto de sobrevivencia, viajó a realizar su sueño latinoamericano en Madrid, donde, entre españoles ingenuos, malos poetas, resentidos con su país, o, simplemente, gente que desprecia al Perú y su poesía, logró ser ungido “representante peruano” en recitales, congresos y ferias de libros, con el único propósito de burlarse de la poesía peruana. Obviamente, su final es predecible: cuando se cansen del bufón comenzarán a buscarse otro, y si cae por allí algún neosurrealista o patafísico peruano, seguro le quitará el cupo de “rareza sudaka” que ahora ocupa.

Triste y muy peruano final para estos grupos a los que, como colofón, les dedico una de las frases con que el fallecido poeta Pablo Guevara -¡cuánto se te extraña!- solía terminar rojo de indignación alguna de nuestra conversaciones sobre poesía peruana: “Perú no es tierra de poetas, sino de cojudos y pendejos metidos de poetas”.

Fotos: [1] Jhonny Barbieri, Leoncio Luque, Pedro Perales, Iván Segura y Roxana Crisólogo; [2] Manuel Cadenas; [3] Barbieri y Crisólogo; [4] Juan Vega, Paolo de Lima, NN, Hécto Ñaupari y Rubén Grajeda; [5] Carlos Oliva; [6] Miguel Ildefonso; [7] Rubén Grajeda.

miércoles, mayo 28, 2008

Responso para los poetas muertos del Perú

Acababa de tomar mi lugar de siempre en una cafetería de la Plaza Mayor de Salamanca, cuando leí en la pantalla de mi portátil la noticia de la muerte de Alejandro Romualdo. Según daba cuenta la nota, cuando lo encontraron el poeta del pueblo llevaba tres días muerto en circunstancias aún no aclaradas. Una pena más para la poesía peruana, que en los últimos años lleva varios muertos a cuesta. Haciendo cuentas, desde que yo empecé a trajinar por estos pagos, a inicios de los años noventa, he tenido noticia de la muerte de más de una veintena en los distintos puntos del país. Algunos murieron en el más absoluto abandono –enfermos, viejos o pobres-, otros bajo las estúpidas ruedas de un coche o el suicidio. Hubo de todo en estos duros años para la poesía en el Perú. Pensando en esto, decidí, con cigarrillo al ristre y café en la mesa, hacer un alto en mis lecturas y dedicar la mañana a recordarlos. Va para ellos el responso que Rubén Darío escribió para Paul Verlaine.



Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
¡al son del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
que se humedezca el áspero hocico de la fiera
de amor si pasa por allí;
que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne
y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,
ahuyenten la negrura del pájaro protervo
el dulce canto de cristal
que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
o la armonía dulce de risas y de besos
de culto oculto y florestal.

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
sino rocío, vino, miel:
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
bajo un simbólico laurel!

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,
tu nombre ponga en la canción;
y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche
con ansias y temores entre las linfas luche,
llena de miedo y de pasión.

De noche, en la montaña, en la negra montaña
de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
sombra de un Sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extrahumana flauta la melodía ajuste
a la armonía sideral.

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta
de compasiva y blanca luz;
y el Sátiro contemple sobre un lejano monte
una cruz que se eleve cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!

[Responso a Verlaine, de Rubén Darío]


LOS POETAS MUERTOS DEL PERÚ (1990-2008)

Alejandro Romualdo Valle.
Nació en Trujillo el 19 de diciembre 1926. La noche del 27 de mayo de 2008 fue hallado sin vida en su vivienda del distrito limeño de San Isidro.





Juan Ramírez Ruiz.
Nació en Chiclayo en 1946. Durante meses se le dio por desaparecido, hasta que se descubrió que murió arrollado por un bus interprovicial en el norte del Perú, un 19 de enero del 2007.




José Watanabe Varas.
Nació en Laredo, un pequeño pueblo al este de Trujillo, el 17 de marzo de 1945. Murió, luego de una larga y penosa enfermedad, en la ciudad de Lima el 25 de abril de 2007.



Jaime Pablo Guevara Miraval.
Nació el 23 de mayo de 1930. Murió de una penosa enfermedad el 2 de noviembre del 2006.




Jorge Eduardo Eielson.

Nació en Lima, el 13 de abril de 1924. Murió en Milán el 8 de marzo del 2006.




Francisco Bendezú.
Nació en Lima, en 1928. Murió en la misma ciudad el 16 de febrero del 2004.







Javier Sologuren Moreno.

Nació en El Callao, (Perú) el 19 de enero de 1921 . Murió en Lima el 21 de mayo del 2004.




Washington Delgado Tresierra.
Nació en el Cuzco, Perú, el 23 de diciembre de 1927. Murió en Lima el 7 de setiembre del 2003.



Emilio Adolfo Westphalen Milano.
Nació en Lima, el 15 de julio de 1911. Murió enla misma ciudad el 17 de agosto del 2001.



Josemári Recalde Rojas.
Nació en Lima en 1973. Murió trágicamente -se quemó a lo bonzo en su casa- en la misma ciudad el 21 de diciembre del 2000.






Francisco Eduardo Carrillo Espejo.

Nació en el centro de Lima, el 18 de Marzo de 1925. Murió en un accidente automovilístico 13 de octubre de 1999 en la ciudad de Huancayo, Perú.




Juan Vega Moreno.
Nació en Lima el año de 1965. Murió atropellado por un auto en la avenida Wilson en Lima, el año de 1996. En la foto es el segundo de la izquierda en la fila superior.




Carlos Oliva Valenzuela.
Nació en Lima el año de 1960. Murió atropellado por un vehículo de transporte público en la misma ciudad en 1994.